‘Kevin Can F**k Himself’

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Mientras se siguen estrenando los capítulos de la segunda temporada de «Kevin Can F**k Himself», parece que no ha sido demasiado bien recibida esta serie de concepción audaz, temática incómoda y título más incómodo todavía (de hecho AMC confirmó que la serie finalizaría con esta segunda tanda de capítulos, lo que podría confirmar su tibia recepción).

«Kevin Can F**k Himself» sin embargo bien merece un visionado. El espectador probablemente estará tentado de parar la reproducción del primer capítulo, aunque recomendamos no seguir ese impulso: la serie comienza con el aspecto de una bobalicona sitcom tradicional y tópica, de esas con risas enlatadas y un humor que de ídem solo tiene el nombre, pero sin previo aviso muta en algo completamente diferente, cuando la protagonista, Annie Murphy en el papel de la convencional y abnegada esposa Allison Devine-McRoberts, se queda sola y vemos la trastienda del sueño americano.

Estas transiciones entre la vida de comedia y la miserable existencia real de Allison las marca el cambio de fotografía, un recurso muy eficaz por el que se pasa de la luminosidad radiante a una oscuridad angustiosa, muy en la línea con el verdadero espíritu de la protagonista, una mujer casada con un auténtico patán -el Kevin del título, un personaje que produce más rechazo que simpatía- que decide dar un cambio radical en su vida de manera definitiva: deshaciéndose de su esposo también definitivamente.

El personaje de Allison, prototipo de la mujer que ha sido sistemáticamente anulada y confinada a las labores del hogar, irá aprendiendo sobre la marcha a valerse por sí misma a la par que maquina contra el imbécil de su marido, uno de esos tipos que vivó su cenit durante el instituto pero que, arropado por un séquito todavía más oligofrénico que él, sigue creyendo que es alguien. Importante también el personaje de Patty, que desde un papel de partida secundario va adquiriendo cada vez mayor presencia en la trama.

El resultado de todo este experimento visual es difícil de valorar. Por un lado tenemos una serie que tiene pocos precedentes directos (si es que tiene alguno), por lo que puntúa alto por su originalidad; por otro, esa misma naturaleza dual lastra en algunos momentos el resultado, porque los segmentos de sitcom sirven más para enervar los ánimos del espectador -que se posiciona rápidamente del lado de Allison- que como un respiro necesario a la intensidad del relato de la protagonista, aunque tal vez sea esa precisamente la intención. Por lo demás, la historia parece que avance a veces a trompicones, aunque por alguna razón consigue enganchar a la audiencia, que espera con ansia que el maldito Kevin muera de una puta vez.

El verdadero valor de «Kevin Can F**k Himself» por tanto parece radicar en su comentario social, en la historia de liberación -a su manera- de esta mujer sacada de una versión moderna de «American Gothic» hacia la libertad y la realización personal. Y desde luego no es un producto recomendable para cualquier tipo de público, pero quien decida darle una oportunidad y supere ese desconcertante primer capítulo, probablemente también decida completarla.

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