Salvador Domínguez regresa con versión rock de la zarzuela ‘Doña Francisquita’

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Tras tres años sin editar nuevo material, uno de los maestros de la guitarra eléctrica dentro de la escena rockera nacional, el histórico Salvador Domínguez (Pekenikes, Canarios, Miguel Ríos, Banzai, Tarzen,…) regresa a la actualidad con una nueva canción instrumental basada en la famosa zarzuela «Doña Francisquita», en la que curiosamente participó su tío Federico Romeroen la confección del libreto.

Esta nueva canción, titulada «Fandango (In Rock)», se ha grabado entre Madrid (Masterispont Estudios) y Alicante (El Castellet Studios) y mezclada y masterizada posteriormente en los Cookham Studios en Reino Unido, por Stuart Epps (Led Zeppelin, Elton John, Twisted Sister, Bad Company, George Harrison …). Todo bajo la producción del propio Salvador Domínguez.

La actual banda de Salvador Domínguez la forman: Jesús Arispont – Bajo (Def Con Dos, Silvio, Pata Negra o Camarón), Blai Drummer – Batería (Ktulu, Konsumo Respeto, Def Con Dos o The Great Southern), John Negrete – Vocalista (EGO, Overlife).

La primera vez que escuché el «Fandango de Doña Francisquita» fue a bordo de un avión Lockheed L-1049 Super Constellation de Iberia, que me llevaba desde Caracas hasta Madrid. El tema, junto con otros de Albéniz, Granados y Falla, sonaba cada vez que despegábamos o aterrizábamos en San Juan de Puerto Rico, islas Bermudas, y las Azores, que eran las escalas de un vuelo de 7.000 Km -a una velocidad de 550 Km/h-, con una duración estimada de 20 horas. Naturalmente, para un crío de cuatro años, como yo, permanecer tanto tiempo inmóvil en un asiento era lo más parecido a una tortura china, aunque algo mitigada, gracias a la música que salía por la megafonía de aquel cuatrimotor con capacidad para 75 pasajeros.
Una fastidiosa alergia, que me hacía toser continuamente por las noches, motivó que mis padres buscasen un clima más propicio para mis pulmones, así que me mandaron a España, a casa de mi tío Federico y mi tía Carmela, que además de matrimonio eran primos hermanos, por lo que, en su momento, necesitaron una bula papal para poder casarse en la muy noble y católica España de la segunda década del siglo XX. Federico Romero Sarachaga (1886-1976) era escritor, Consejero de Honor de la SGAE -que ayudó a refundar en 1932-, miembro del Instituto de Estudios Madrileños, y autor de muchas de las zarzuelas más populares y significativas de aquel siglo: «La canción del olvido» (1916) -música: José Serrano-, «Doña Francisquita» (1923) -música: Amadeo Vives-, «El caserío» (1926) música: Jesús Guridi-, «La rosa del azafrán» (1930) -música: Jacinto Guerrero-, «Luisa Fernanda» (1932) -música: Federico Moreno Torroba-, «La tabernera del puerto» (1936) -música: Pablo Solozabal- …
Esperándome en Barajas, y a pie de pista -pues aún no se había impuesto la moda de secuestrar aviones y el acceso era relativamente sencillo, no como ahora-, estaban sus dos hijas: mi tía Maruja, doctora en Pediatría, y mi tía Pilar, enfermera, quienes me llevaron a su domicilio, en la calle del Españoleto, 23, 3º Izq. Sin darme cuenta, arribaba a un mundo desconocido para mí: la España nacional sindicalista de 1957, con las primeras emisiones de TVE y el Real Madrid C.F. paseándose triunfal por Europa.
Al poco de llegar, fuimos a un evento muy importante para la familia. Se trataba del reestreno -o reposición- de «Doña Francisquita», en el teatro de la Zarzuela, con Alfredo Kraus y Ana María Olaria, en los papeles de Fernando y Francisquita. La producción, por todo lo alto, corría a cargo del célebre José Tamayo, y el director de la orquesta era el gran músico leonés Odón Alonso padre. Poco a poco, la obra fue transcurriendo lentamente, hasta que, de repente, en el tercer acto, reconocí la melodía que me había reventado la cabeza en el avión. Se trataba, en efecto, del famoso «Fandango». ¡Vaya subidón, amigo! No me lo podía creer.
Al concluir la función, abandonamos el palco y nos dirigimos a los camerinos, para que mi tío saludara a la compañía. Yo estaba ido. Seguía con la mente puesta en aquel tema, el cual tendría ocasión de escuchar de nuevo las cinco veces que me iba a tocar cruzar el Atlántico los dos años siguientes. No cabía duda de que los cuidados y el amor de mis tías funcionaban, pues la alergia y la tos habían desaparecido. Tampoco, sobre los efectos que la tutela de mi tío me brindaba, llevándome con él a museos y conciertos, o escuchar sus sabias enseñanzas. Aparte de eso, y para concienciarme bien de qué iba el tinglado, solía darme dos pesetas por cada dibujo o poema que escribía. «Son tus derechos de autor», me decía … Verle trabajar en su despacho, rodeado de fotos de Vives, Serrano, Sorozábal o Guerrero, a cuyas músicas él había puesto letra, era un curso avanzado de cómo organizarse a la hora de escribir. De este importante detalle no fui consciente hasta mucho tiempo después, cuando me tocó a mí desarrollar lo que llevaba dentro, sólo que en clave de HardRock y Blues, y no de Zarzuela, claro.
Hace mucho tiempo que se desvaneció aquella hermosa fantasía, pero cada vez que necesito alimento espiritual, me acerco a Españoleto, 23, contemplo los ventanales del tercer piso y dejo volar la imaginación. Se repiten entonces aquellos vuelos Caracas-Madrid-Caracas en un Lockheed Super Constellation.
A Federico, Carmela, Maruja y Pilar los recuerdo con enorme cariño y agradecimiento cada noche.
Cuánto amor me brindaron, Dios mío … I love my family. 
Salvador Domínguez. 2022

 

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