Subastan la guitarra que Kurt Cobain utilizó en «Unplugged» y rascan 6 millones

Este fin de semana ha sido noticia la subasta en la que un magnate australiano se ha hecho con la guitarra Martin D-18E del año 1959 que Kurt Cobain utilizó en 1994 en la grabación del conocido «Unplugged in New York» de Nirvana. Por el a todas luces desmesurado precio de 6 millones de dólares, el mencionado magnate de las antípodas podrá ahora admirar en su mansión un instrumento que está hecho para ser tocado. Si me lo permitís, me parece una gilipollez como un piano de grande.

Y reconozco que soy el primero que en alguna ocasión ha pagado cantidades un poco desorbitadas por algún disco de vinilo, pero yo al menos luego los reproduzco, y este señor tengo mis dudas de que vaya realmente a ponerse a tocar con ese instrumento.

Todo esto me trae a la cabeza un editorial de una revista de motor que ojeé hace muchos, muchos años en casa de unos familiares (ni entiendo de coches ni me interesan, así que soy el primer sorprendido en recordar esto). Como decía, en aquel editorial el director de la revista se refería a una noticia reciente entonces según la cual un coleccionista japonés había pedido ser enterrado con sus obras de arte favoritas. El que firmaba el artículo lo trasladaba a su terreno, y planteaba a su lectores la pregunta de qué pensarían si un coleccionista de coches antiguos decidiera hacer lo mismo con sus vehículos vintage.

Está claro que las cosas tienen el valor que le queramos dar y que eso de pagar mucho o poco es bastante relativo según la experiencia y el componente emocional que quiera imprimir a los objetos cada uno. Personalmente creo que esa guitarra debería estar en un museo por su historia un tanto singular, pero tampoco pasa nada porque alguien con el dinero suficiente haya decidido que quiere disfrutar de ella en su casa. Pero a la vez me parece obsceno que alguien se gaste semejante cantidad de dinero en un instrumento musical que, al fin y al cabo, es un simple objeto. Y no conozco de nada a ese millonario -ni siquiera recuerdo su nombre-, así que probablemente sea todo un filántropo, pero se me ocurren seis millones de maneras de invertir ese dinero que en una puta guitarra desvencijada.

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