La mala educación

Pareciera que hoy en día, superada ya aquella era de los «fenómenos» televisivos, cuando personajes intelectualmente mediocres y de profesión oficial desconocida se convertían de la noche a la mañana en «famosos» que vivían del cuento, hayamos entrado en una nueva etapa donde todo aquello -que por lo que me cuentan sigue ocurriendo, solo que yo vivo ajeno- fuera un juego de niños gracias a la cantidad de gilipollas que proliferan en las redes y que suman followers a base de varios modelos: A- comentando diversos productos, ya sea ropa, cosméticos, videojuegos, dietas o incluso locales gastronómicos; B- dispersando comentarios supuestamente ingeniosos que no sobrepasan las dos frases como mucho y que en ocasiones parecen sacados de libros de autoayuda; C- colgando fotografías en ropa interior, traje de baño, enseñando el culo o en un jacuzzi.

Probablemente haya algún modelo más que se me escapa. Al fin y al cabo internet es un ente en constante evolución y yo, nuevamente, me he colocado un poco al margen de todo esto, aislado como estoy en mi mundo de fantasía y rock and roll. En serio, no me las estoy dando de nada, en mi vida hace tiempo que no hay sitio para cosas que me hagan perder el tiempo y de las que no pueda extraer nada. Y eso hablando del poco tiempo de ocio que me queda después de ganarme la vida y de mantener en funcionamiento este dinosaurio (y digo dinosaurio no por sus dimensiones sino porque cada vez estoy más convencido de que los medios de comunicación tal y como los conocíamos son un modelo caduco; y no porque no tengan importancia, les falte interés o sobre todo porque no sean necesarios, sino porque desgraciadamente cada vez caminamos más hacia el análisis basado en un titular -léase un post en Twitter-, la ignorancia generalizada y la pérdida de capacidad crítica y lectora).

No creo en el poder de las redes y, al contrario de lo que parece ser la opinión general, opino que esa supuesta democratización en diversos ámbitos (del saber, de la toma de decisiones gracias a la presión popular que se ejerce online, etc etc) es simplemente un espejismo que casi todos nos hemos creído. Ya hablamos de ello por aquí en algún momento según creo recordar: no ves todo lo que quieres sino lo que Facebook/Google quieren que veas. Pero muchos siguen creyendo que pueden leer de todo y sobre todo, opinar de todo.

Siempre lo he dicho, eso de que todas las opiniones son respetables es una patraña: hay opiniones que simplemente son pura hez. Confundimos conceptos contínuamente, porque pensamos que la tan cacareada libertad de expresión nos permite hablar de cualquier cosa en los términos que nos plazca; creemos que por el mero hecho de tener una opinión podemos expresarla. Es más, creemos que debemos expresar nuestra opinión, aunque no tengamos ni los conocimientos mínimos sobre el tema, ni la formación necesaria, ni sepamos siquiera construir frases que gramaticalmente tengan sentido en castellano.

Hace un tiempo se generó una estúpida discusión en Facebook a cuenta de un ex concursante de no sé qué programa de Tele 5. Dejando a un lado que conozco de pasada ese tipo de cosas (hace años que no veo nada del grupo mediático de Berlusconi por convicciones personales: me parece pura mierda y un medio para propagar la banalidad y los valores más superficiales, además de que sin duda contribuye a idiotizar a las masas), el tema me interesó porque de vez en cuando me gusta extraer algo de entretenimiento viendo a la gente sacar de paseo su ignorancia y leyendo de primera mano lo que se supone que es la sociedad «normal». Pero lo que me interesa contar ahora tiene que ver con algo que me llamó poderosamente la atención, que fue un comentario de alguien que afeaba la conducta a los que atacaban al otro bando por no saber puntuar correctamente o por cometer faltas de ortografía. Aquella chica, muy moderna y muy de su época ella (supongo), se mofaba de ellos porque eso de corregir las faltas era algo, y cito de memoria, el año puede variar, «como del año 2011».

Tonto de mí siempre había pensado que hablar y escribir correctamente no solo era algo deseable, sino una muestra de buena educación. Y supongo que hablar aquí de los esfuerzos que no hace tanto tiempo se hicieron para lograr alfabetizar al mayor número de personas y el interés por educar a los sectores humildes, para que pudieran progresar en la sociedad de clases, sonará como a cuentos del abuelo. Al fin y al cabo el neoliberalismo ha logrado que tarugos sin ningún tipo de cerebro puedan ganarse la vida haciendo el gañán, mientras que jóvenes con preparación y en algunos casos muy alta cualificación se pudren en trabajos mal pagados, cuando no se ven obligados a emigrar al extranjero en busca de algún porvenir. Es curioso que muchos de ellos sean los que menos ruido hacen en las redes sociales.

Me pregunto también qué necesidad tengo yo de aguantar a mediocres cuyo argumento más poderoso siempre es el insulto y la descalificación porque, como me dijo uno de estos tontos del haba una vez, hay que estar a las duras y a las maduras y si tú te metes con alguien tienes que aguantar lo que cualquier energúmeno pueda decirte porque así son las cosas. ¿Os imagináis que yo comenzara alguna reseña diciendo «retírate, no tienes ni puta idea»? Esa crítica carecería de cualquier tipo de validez, ¿verdad? Pues eso.

Falta educación, pero de la buena, y que la gente sea consciente de que esperar gratificaciones personales y la aprobación de los demás en base a «likes» y «comments» en fotos de pies llenos de arena de playa es lo mismo que nada. Y qué queréis que os diga, también me parece digno de una existencia muy triste.

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