Azkena Rock Festival – 21 y 22 de junio de 2019

Azkena Rock Festival 2018

El pasado fin de semana Vitoria-Gasteiz ha vuelto a celebrar una nueva edición del Azkena Rock Festival. Evento que podríamos considerar ya el decano de los festivales de
rock (en sentido amplio) dentro del panorama nacional y que en este 2019 cumplía su
mayoría de edad.

Lejos quedan ya aquellas ediciones en las que el festival se celebraba en el mes de
septiembre y que aquel que se lo propusiese podía ver todos los conciertos sin temor a
solapes ni coincidencias, lo que significa que dado que hay un único autor para esta
crónica, obligatoriamente se van a quedar muchas cosas en el tintero. Las decisiones no
siempre parecen las correctas -la elección de The Living End frente a Inglorious, por
ejemplo-, pero ya hace muchos ciclos lunares también que servidor decidió presenciar
conciertos completos y no construir su visión a base de retazos.

Comenzamos la jornada del viernes con la propuesta de Surfbort. Probablemente nos
encontremos ante uno de los hypes más grandes de los últimos tiempos a tenor de lo que
pudimos presenciar en Vitoria. Una banda que basa su propuesta básicamente en una pinta
estrafalaria y una vocalista que denominaremos excéntrica como poco, pero cuyo punk
rock no deja de ser del montón. Hacia el final del concierto se animó un poco la cosa,
pero la sensación después de las hiperbólicas informaciones que habíamos leído fue de
decepción.

Los mencionados australianos The Living End se habían pegado 33 horas para llegar a
Vitoria y tal vez por eso su concierto no acabó de cuajar. La peculiar mezcla del trío
con base rockabilly funcionó durante algunos minutos, pero a pesar de mezclar
diferentes tonalidades se acabó haciendo algo lineal.

Deadland Ritual se hicieron con todo el público metalero del festival por contar con
Geezer Butler en sus filas, pero la presencia de Matt Sorum y sobre todo del magnífico
Steve Stevens en la formación era todo un aliciente. Lo cierto es que no dejan de ser
una banda de versiones de lujo (casi la mitad del repertorio estuvo conformado por
versiones de Black Sabbath), pero lo cierto es que la banda sonó muy solvente y el
concierto fue para servidor la primera actuación realmente disfrutable.

Stray Cats llegaron para triunfar. Tirando de un repertorio repleto de clásicos y con
los músicos perfectamente engrasados, a pesar de que el sonido no era el más óptimo
desde todas las localizaciones, supieron sumir el público en un estado casi catártico.
A mí me gustaron mucho más que en su gira de despedida de hace once años, y que
decidieran homenajear a Dick Dale con una versión del clasicazo «Misirlou» en ellos
queda hasta bien. No hay mucho más que comentar.

Blackberry Smoke repetían en Vitoria y por lo que se pudo ver cuentan ya con una legión
de incondicionales entre nosotros. Sin embargo, y teniendo en cuenta que lo suyo me
parece una propuesta correcta y poco más, a mí su concierto me pareció inferior al que
ofrecieron hace unos años en el mismo escenario. ¿Buenos momentos? Sí, por supuesto,
pero yo no veo aquí peligro ni carisma. Una lástima porque no vamos sobrados
precisamente de bandas que puedan ocupar la vacante de unos Black Crowes por ejemplo.

Mucha gente todavía hoy se sigue preguntando qué pintaban B52s en un cartel así. Pues
para mí, a pesar de que sus líderes parezcan ancianos pretendiendo pasar por jóvenes,
fue todo un acierto para aquellos que quisieron disfrutar a esas horas. Consiguieron
poner a bailar a todo aquel que se molestó en prestar atención a su concierto, y lo
cierto es que aunque las pantallas nos devolvieran una imagen vívida de lo que
significa la decadencia del físico corporal, su propuesta fue muy disfrutable y
consiguió generar algunos buenos momentos.

El sábado los locales Outgravity abrieron hostilidades en el escenario principal bajo
un sol de justicia. Con la gente esquivando los rayos solares situándose en la zona de
sombra proyectada por el propio escenario, el grupo se afanó por cautivar al público
presente con su metal progresivo y «sobornándole» con el lanzamiento por parte de su
vocalista de CDs y camisetas. No conecté con ellos en ningún momento, pero lo cierto es
que su propuesta se sale un poco del «más de lo mismo».

En el segundo escenario a continuación Mt. Joy tendrían que lidiar con la ausencia de
sombra y el cansancio acumulado tras la anterior jornada. Tal vez fuera eso lo que
influyó en este cronista cuando decidió que había tenido más que suficiente, pero le
pareció que su líder necesitaba una de las transfusiones de sangre que el festival ha
posibilitado este año con su iniciativa de que los asistentes pudieran donar ese fluido
vital durante la mañana en el centro de la ciudad.

Tesla sí que salieron a matar… y lo consiguieron. Está claro que no son un grupo que
pueda gustar a todo tipo de público y que probablemente muchos de los que acuden año
tras año a Mendizabala no entiendan que lo suyo es rock con mayúsculas, pero allá
ellos. La banda responde con canciones más grandes que la vida en un repertorio que, si
hubiera gozado de la extensión necesaria para colar las golosinas que sí están
incluyendo en otros conciertos de esta gira («Stir It Up» por ejemplo), habría sido
definitivo para el que esto suscribe. En cualquier caso de lo mejor de esta edición.

Lo de Corrosion of Conformity fue también dolorosamente escaso. Con un sonido bastante
lamentable, la banda celebró el aniversario de «Deliverance» con un concierto enorme en
el que sin embargo se echaron de menos muchas perlas, aunque ni en el más húmedo de mis sueños esperaba haber escuchado ese «Paranoid Opioid» que desató los pogos. Que vuelvan de gira por salas, por favor.

Wilco es otra de esas bandas que divide al público. Para algunos sublimes, para otros
un auténtico tormento (o un momento de lo más propicio para ir a cenar), lo cierto es
que es un grupo que da lecciones magistrales cada vez que se sube al escenario y que
prepararon un repertorio muy apañado para el lugar en el que estaban. Siempre lo he
dicho, aunque me aburren sus discos, su directo me parece una auténtica maravilla, y en
mi opinión lo de Gasteiz no fue la excepción.

Gang of Four llegaron de rebote al festival tras la cancelación de Melvins y puede que
esa fuera una de las razones por las que el público congregado ante el segundo
escenario parecía tan indiferente. Sin conectar demasiado con su música, debo decir que
sonaban espectaculares y su concierto fue bastante adrenalínico.

Pero la baza ganadora era la de The Cult. Haciendo memoria creo que es el único grupo
que ha tocado tres veces en el festival, con resultados discretos la primera y
triunfando por todo lo alto en la segunda. Esta tercera, con su «Sonic Temple» como
leit motiv de su actual gira, se iba a quedar un poco en medio. Y es que la banda suena
como un cañón, pero resulta incomprensible que se dejen fuera del set list canciones
del álbum mencionado como «Soldier Blue» por ejemplo, mientras que sí dan cabida a
otras un tanto discutibles como «American Gothic». Pero poco le importaron al público
este tipo de cuestiones y la gente disfrutó de lo lindo -yo incluido- con su concierto.

Que quede claro que Philip Anselmo es libre de reivindicar su pasado con Pantera
acompañado de su actual banda. Que quede claro también que sus acompañantes, aunque se trate de una pandilla de músicos anónimos, recrean el sonido del grupo texano con
eficacia. Lo que no tengo tan claro es que el repertorio elegido fuera el más adecuado,
porque se quedaron fuera bastantes clásicos imprescindibles desde mi punto de vista. En
cualquier caso tampoco importó demasiado. Anselmo hizo lo suyo y su público disfrutó.
Punto. Que no sea ya el potente vocalista de antaño o que su pose escénica y sus
polémicas recientes echen un poco para atrás no quiere decir que no haya que reconocer
la importancia de Pantera para el desarrollo del metal de las últimas décadas. Presencia totalmente justificada.

Hasta el año que viene…

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