Posiblemente, el mayor espectáculo del mundo… (ellos dicen mierda, nosotros amén)

Posiblemente, el mayor espectáculo del mundo… (ellos dicen mierda, nosotros amén)
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La tentación de comenzar parafraseando los cuentos infantiles o los westerns de Leone es fuerte, pero intentaremos no utilizar el …érase una vez, que podría dar la impresión de que nos estamos dejando llevar por aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, o por la sempiterna muletilla de las batallitas.

Y es que de un tiempo a esta parte, la anestesia parece haberse instalado en una gran parte de los conciertos que pueblan la agenda musical de la piel de toro, o al menos en la inmensa mayoría de los que acuden a ellos.

Mas allá de géneros, estilos y opciones, la transversalidad del fenómeno es, cuanto menos preocupante, y parece, desafortunadamente, que no hay atisbo de cura, por lo menos a corto y medio plazo.

Comencemos con eso tan complicado del perdón infinito, que es aquello que experimentan los seguidores acérrimos de tal o cual artista o banda, y que nubla sus sentidos hasta el punto de no discernir entre una propuesta mediocre o engañosa, en la que el artista no se esfuerza lo mínimo, si es que llega a esforzarse algo en algún momento, y que factura eventos anodinos y planos en los que la única conexión es la que se crea en la cabeza del receptor que se lo cree, condicionado por varios hechos, entre los cuales podemos enumerar, amén de la devoción y entrega absoluta y sin condiciones, la apariencia, el sentirse parte del océano de iguales dejándose llevar por el mimetismo, el tan dañino “yo estuve allí”, y en muchos casos, el poseer un aparato auditivo formado por hemicelulosa, lignina y celulosa en partes variables.

A partir de ahí, podríamos construir una novela acerca de las actitudes de los anteriormente citados, entre los que podemos destacar, por antónimas aunque dentro del mismo grupo, la del exaltado que cree que el concierto es para su uso y disfrute en exclusividad, no dejando disfrutar las evoluciones del evento en ningún momento a los desafortunados que se hallen a su lado, y el que se ancla en la barra del bar o en cualquier otro punto de la sala, intentando que su conversación se oiga por encima del volumen del artista que se halle en la labor en ese momento, por no hablar de los que depositan sus abrigos y bolsas directamente en los escenarios, sobrepasando la línea del respeto que delimita el escenario, lugar que pertenece únicamente al artista y al que debemos de acceder solamente con su autorización.

Pero como diría Lou Jacobi y su mostacho, “…eso es otra historia”, que probablemente contemos en algún momento.

Lo que aquí ponemos en román paladino es la preocupante proliferación de artistas y bandas que facturan espectáculos y conciertos mediocres, cuando no vergonzantes, sin alma, sin conexión alguna con el resto de la humanidad, y a veces con un evidente hastío por lo que están haciendo, o por lo menos una falta de motivación visible.

Este adocenamiento, producido en su mayor parte con bandas o artistas que gozan de un estatus medio o alto, es consecuencia, al menos para el que suscribe, de una falta de hambre y de conquista por los mismos.

Sus esfuerzos no parecen estar provocados por ofrecer una experiencia a los que acuden a sus eventos, sino simplemente para aguantar encima del escenario hasta que llegue a termino la actuación, eso sí, pasando por caja.

Todos podemos tener un mal día, pero hay algunos que parecen tener una interminable racha de “desidiosis”.

También, como no podía ser de otra manera, hay un cierto sector que tapa esas carencias  con ampulosos y epatantes montajes, que a modo de fuego de artificio hacen que la impresión en el receptor sea la de haber asistido a algo realmente memorable, pero que, recordemos, solamente tendría que servir de envoltorio a una propuesta musical, y que debería de hacerse plantear al oyente, o en estos casos quizás sería mas propio hacerlo llamar vidente, que si desea ver espectáculos visuales, tal vez debiera de acudir a un evento del Circo del Sol.

Y entonces, ¿qué?, se habran preguntado alguno de ustedes, alguno de los valientes que han conseguido llegar hasta este punto de esta disertación.

Pues la respuesta es, no por menos evidente, más clara.

El nivel de exigencia del público es el principal problema, concretamente el bajo o nulo nivel en esa exigencia. Se conforman con lo que les ofrecen.

Los artistas dependen de las personas que acuden a sus espectáculos, y de ellos depende también que se tengan que esforzar en ofrecer algo interesante, y no nos estamos refiriendo a lo que hemos descrito antes, y que podemos denominar fuegos de artificio, y sufrir la consecuencia del ostracismo en caso de que no lo hagan.

Al fin y al cabo, la música es un arte, y la premisa fundamentel de ésta es transmitir, transmitir emociones.

Si algo no consigue, al menos por un momento, provocar esa sensación dentro de nosotros, puede que sea el momento de plantearse si el esfuerzo merece la pena.

Eso mismo es lo que tenemos que exigir a los artistas, y hacerles saber que no nos conformamos con menos.

Han sido muchas la ocasiones en las que, tras un concierto, he pensado que, a pesar de que la apariencia de todo el que allí ha estado es de felicidad, y que todos comentan lo bueno que ha sido, a mí me produce un enorme pesar el que tras ello no haya tenido ningún momento de conexión real, ningún momento en el que un escalofrío recorriera mi espalda, con el agravante en algunos casos de que en el pasado sí hubiera ocurrido con el mismo artista, o simplemente que el concierto en sí ha sido malo de solemnidad.

Ha habido de igual manera momentos de ciclópea desidia instaladas dentro de mí en no pocos conciertos de relumbrón en los cuales los que se hallaban encima de las tablas se dedicaban a un enorme ejercicio de onanismo sin tener en cuenta a los del otro lado, cayendo en el tedio mas insoportable una y otra vez.

También me producen repulsión los momentos de impostada humildad y agradecimiento, milimétricamente medidos, unicamente con el propósito de recibir las loas de los allí presentes, a pesar de facturar actuaciones desastrosas en muchos casos o tener momentos que harían sonrojar al más avezado oyente.

También puede ser que, según siempre me dice nuestro director, el paso del tiempo esté haciendo mella en mi persona, cosa que probablemente sea acertada.

No estoy hablando aquí de algo que solamente a mí me ocurra, o de que crea que estoy dentro de una élite destinada a juzgar sin miramientos el trabajo de los demás.

Nada más lejos de la realidad. Esa misma sensación también la he encontrado en compañeros y amigos que lo único que tienen en común, sobre todo musicalmente hablando, es sentido crítico.

Ellos tampoco comprenden que el agresivo desenfreno del público de la escena metalera o punk, lo mismo que el adocenamiento del mundo pop y mainstream hayan convertido los conciertos en lugares en los que estar, o donde desfogarse, en lugar de ser el fin para el que fueron concebidos, que es mostrar con convicción y talento las composiciones al público, para tener una experiencia honesta y conjunta.

Los conciertos ahora ya no son experiencias vitales.

Se han convertido en una actividad más, como salir a correr por el parque, como colgar una foto del plato de comida que te vas a comer inmediatamente en una red social, una excusa para sumar galones por la asistencia, en lugar de una liturgia colectiva, aunque a veces tenga esa falsa apariencia.

Claro que en este punto las ramificaciones hacia la creciente estulticia incrustada en esta sociedad del segundo milenio nos haría perder el norte sobre lo que estamos aquí tratando, y daría para otras tantos artículos, novelas y melodramas.

De vez en cuando, solamente de vez en cuando, escucho furtivamente en las salidas de los conciertos, a algún o algunos elementos divergentes que tienen la misma impresión, y que son capaces de cuestionar la autoridad establecida, a los tótems y a los gurus, a la policía de lo correcto, al buenismo ilustrado que nos adormece la capacidad crítica.

Lo más curioso es que, como a mí me ocurre, siempre sopesan la posibilidad de estar equivocados, viendo la reacción anestesiada de la mayoría pensante, que parece conformarse con la mediocridad, con tal de poder decir que han estado en ese concierto memorable.

Porque cuestionarse a uno mismo y lo que nos rodea es lo que hace que crezcamos como personas, y aunque lo afirmen, yo les diré que no he estado en ese concierto que ustedes dicen.

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