Las empresas de paquetería: un cáncer ¿necesario?

Las empresas de paquetería: un cáncer ¿necesario?
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Últimamente esto parece que se esté convirtiendo en costumbre, pero hoy tampoco voy a dedicar este editorial a hablar de música. O si acaso hablaré de nuestra afición de manera tangencial, ya que igual que con el tema del almacenaje de los discos del que hablé hace algunas semanas y que, sorpresivamente, se convirtió en uno de los artículos de mayor éxito de los últimos meses, estoy seguro de que más de un melómano aficionado a la caza de LPs por internet habrá tenido en alguna ocasión problemas con la entrega.

Digámoslo claro: las empresas de mensajería, de paquetería, de transporte o como coño quieran llamarlas son una puta lacra. Yo es que ya no sé ni cómo denominarlas ni cuál es la diferencia si es que existe alguna, pero es que hace poco la persona que me atendió por teléfono cuando llamé para reclamar un paquete me quiso dejar meridianamente claro que ellos no eran “una empresa de paquetería”. Y sin que yo le preguntara nada al respecto, que a mí me la trae al pairo la denominación.

Pero antes de enredarme en divagaciones volvamos al tema. Y es que todas estas empresas (lo dejaremos ahí) que se dedican, al menos sobre el papel, a traerte los paquetes a la puerta de tu casa, han sido incapaces de satisfacer la cada vez mayor demanda de sus servicios que ha crecido a la par que el comercio electrónico. Sin entrar en las condiciones laborales de mierda que tendrán los repartidores, lo cierto es que el que acaba pagando es el comprador. Que levante la mano el que haya sufrido alguna de las siguiente situaciones:

– Paquetes que nunca llegan y de los que no se tiene mayor noticia hasta que el vendedor te dice que se lo han devuelto.

– Paquetes desaparecidos sin dejar rastro.

– Paquetes abiertos, y no por personal de aduanas precisamente.

– Paquetes retenidos durante 10 días porque la sección española de la multinacional no tiene constancia de tu número de teléfono, pero cuando lo reclamas evidentemente no es culpa suya sino de la filial alemana.

– Paquetes que en la página de seguimiento te dicen que están en reparto, pero que llegan las 20:00 horas y no te lo han entregado, te empiezas a mosquear y al final recibes otro correo electrónico fijando la entrega, sin mayores explicaciones además, para el día siguiente por todo el morro. Y eso con suerte porque…

– …también hay paquetes que no te pueden entregar porque estás ausente y cuando intentas concertar para la jornada siguiente tiene que ser dos o tres días después. Porque sí.

– Paquetes doblados y dentro el disco partido.

– Horarios de entrega de paquetes a conveniencia de la empresa y no del cliente.

– Necesidad de acudir a un “punto de recogida” (esta sí que es buena, se supone que pagas para que te lo traigan ellos) porque únicamente se realiza un intento de entrega.

– Teléfonos de atención al cliente que nunca son descolgados.

– Teléfonos de atención al cliente de pago que parecen diseñados para alargar la espera y encabronar todavía más al cliente, en lugar de para facilitarle las gestiones.

– Personal de atención al cliente que parece no saber que su labor es precisamente la de servir al cliente, no replicarle con actitud chulesca o responderle mal.

Etc…

Probablemente haya más casuística que ahora mismo no se me ocurre, pero todos los ejemplos que os he comentado me han ocurrido personalmente. Y me gustaría poder decir que son casos contados, pero en realidad casi cada paquete que recibo sufre alguna “incidencia”. Y me da igual que se trate de UPS, MRW, GLS, SEUR, DHL, ASM, NACEX o la que sea (en realidad la única empresa del ramo con la que no he tenido nunca un problema es una local cuya sede está a dos minutos de mi casa, lo que probablemente facilite el asunto).

A la señorita que me contaba milongas sobre el famoso paquete “perdido” durante 10 días le prometí que algún día contaría esto en internet (“pues tenga cuidado con lo que cuenta porque hay que decir la verdad” me dijo poco después de comentarme que no iban a hacer nada por entregarme el paquete aquella misma tarde, un viernes, y que tendría que esperarme ya al lunes; por suerte no era un órgano para un transplante). Pues bien, he acabado haciéndolo. Y aunque alguno probablemente quiera saber de qué empresa se trata, realmente he tenido ya tantos pollos con el 99% de ellas que da igual que lo diga o no (¡ejem! GLS ¡ejem!).

Lo que me pregunto es por qué aguantamos todo esto, por qué se permite que todo esto ocurra y por qué Amazon por ejemplo, que según vi el otro día en un reportaje televisivo copa actualmente aproximadamente el 50 por ciento de los envíos, no da al comprador la opción de elegir con qué empresa de las que utiliza queremos que nos envíe el paquete. Sí, son todas iguales, pero lo mismo servía para que se pusieran las pilas.

Claro, que probablemente Amazon tenga también gran parte de culpa porque no creo que los convenios que tenga establecidos sean muy ventajosos para las paqueteras, pero creo que ese ya es otro tema que igual nos explica la señorita que despejaba los balones fuera, concretamente hacia Alemania…

 

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