God Is An Astronaut – ‘Epitaph’ (Napalm 2018)

A primera vista, para quien no conozca la trayectoria de God Is An Astronaut, llama la atención que «Epitaph» solamente contenga siete cortes. God Is An Astronaut siempre han navegado por un mundo bastante ajeno al mainstream y la radiofórmula, en la cual sus extensos minutajes no tendrían mucha cabida.

Los desarrollos largos, en los que los temas van mostrándose y escondiéndose, creciendo y menguando, alcanzando cotas de intensidad superlativa y remansos de paz y atmosférica quietud, son el sello particular que God Is An Astronaut imprimen a todas y cada una de sus canciones.

Esos paisajes sonoros, evocadores ciertamente de imágenes en el imaginario del oyente, son lo que hacen que, incluso dentro del post-metal, el post-rock, o como quiera que se trate de denominar el estilo de los de Wicklow, se mueven a la perfección, marcando diferencia con sus coetáneos de género.

No se ruborizan al sumar otros elementos que podrían considerarse ajenos a su «estilo«, incorporando momentos shoegaze, frenetismo industrial, estructuras clásicas y algún que otro desarrollo melódico entroncado con la tradición popular del folk gaélico.

«Epitaph» se nos presenta como un disco cuasi-conceptual, en el que tiene sentido la escucha como un «todo», en el que el relato musical sigue una línea que la banda va modulando durante el transcurso de la escucha, consiguiendo un equilibrio entre los temas, que hace que el oyente se sumerja en el universo onírico de God Is An Astronaut.

La producción, llevada a cabo por la propia banda, asociada para ello con sus compatriotas Xenon Field, unifica más aún si cabe el resultado del disco, bañando de una densa capa de atmósfera opresiva todos y cada uno de los temas que nos muestran en «Epitaph«.

Cabe destacar este trabajo, pues a simple vista, desde la primera escucha, consiguen imprimir personalidad propia al conjunto del álbum, haciendo realmente que se integren entre ellos, pero sin perder la personalidad particular de cada canción, y no suenen como un inmenso y larguísimo tema (recuerden a Mike Oldfield o Jean Michel Jarre en sus extensas odas, por poner un par de ejemplos), lo cual entraña su dificultad.

Abre el álbum «Epitaph«, canción de la que el disco toma su nombre, creciendo de menos a más y mostrándonos a las claras cual va a ser la senda por la que transitemos, con esos crescendos pausados pero inexorables, esas atmósferas introspectivas, densas y épicas, que conforman unas melodías opresivas con un tinte de melancolía, que consiguen mantener siempre al filo de la navaja.

No podemos decir que God Is An Astronaut sean un grupo con una filosofía musical colorista y optimista, pero tampoco encontramos en sus composiciones ningún tinte fatalista o depresivo, lo cual es de agradecer.

Se encargan de apuntalar la impresión inicial con «Mortal Coil«, que imprime un cierto cinetismo contenido, encontrándonos con un batallón de guitarras que conforman una muralla por encima de la cual los teclados consiguen hacer que la melodía domine el áspero vendaval de distorsión, y aunque quizás las frecuencias graves lleguen a un punto que pueda crear confusión en el oyente, consiguen llevar la voz cantante.

Como si fueran conscientes del efecto de «Mortal Coil«, «Winter Dusk/Awakening«, el siguiente corte, dibuja una calma que torna en comedida fiereza, sello particular común a todos los representantes del género.

Le siguen «Seance Room» y «Komorebi«, dupla pausada tras la tempestad, que nos va conduciendo por los paisajes sonoros que evoca la banda durante todo el recorrido del álbum.

«Medea» nos presenta el único momento en el que God Is An Astronaut abandonan los medios tiempos en «Epitaph«, produciendo cierta sensación de vértigo en la parte mas álgida del tema, y rompiendo deliberadamente el ritmo de escucha del álbum.

«Oisín» sirve de epílogo al álbum, interpretado totalmente a los teclados, con un sutil matíz melancólico que en cierta manera cierra el círculo del disco.

Al escuchar «Epitaph«, uno no puede quizás evadirse de las referencias que evoca. Podemos encontrar ecos de Linkin Park, Mogwai, Filter o incluso momentos de Boards Of Canada, aunque se quedan solo en eso. Ecos que aparecen pero no consiguen difuminar la personalidad própia de God Is An Astronaut, pergeñada a lo largo de los años, y que con «Epitaph«, la novena entrega de la banda, consigue un nivel ciertamente muy notable.

El disco crece con las siguientes escuchas, lo cual no hace más que certificar que estamos ante un disco bastante redondo, que ha de considerarse como un todo en su conjunto, a pesar de estar compuesto de temas totalmente independientes y diferenciados, en los que el barniz que aplican los de Wicklow, esa fórmula secreta en la que ellos controlan los ingredientes, surte su efecto.

*God Is An Astronaut están de gira por nuestro país esta semana junto a Xenon Field:

Miércoles 9 de mayo de 2018: Barcelona, Sala Razzmatazz 2
Jueves 10 de mayo de 2018: Madrid, Sala Caracol

Comentarios

Comentarios