Credibilidad rockera

Hay algo que el rockero de pro debe mantener por encima de todas las cosas. ¿Una colección de discos que ocupe kilómetros lineales de estantería? ¿Un vestuario impecable? ¿cientos de pins de sus grupos favoritos? Sí, desde luego que todo esto ayuda… pero no amigos, lo que un buen rockero debe mantener siempre es su CREDIBILIDAD.

Naturalmente que cuando alguien del gremio del rock pierde su credibilidad, los que hasta entonces eran sus semejantes rockeros están en su derecho… qué digo derecho… ¡están en su deber! de soltárselo a la cara, burlarse de él en plaza pública y después dar la espalda a ese pobre sujeto (de ahora en adelante «paria del rock»).

«Parias del rock» hay de muchos tipos: están los que se lo han ganado a pulso por contar en su colección de vinilos con «The Final Countdown» de Europe; están los que un día dijeron que les hacía gracia una canción que aparecía en el top semanal de alguna emisora de radio mainstream; están por supuesto los que cuentan con más de un disco de Queen, especialmente si fue editado originalmente en los años 80; también tenemos a esos que se compraron la camiseta de un grupo sin haberse comprado ningún disco de la misma banda en su vida; por supuesto forman parte de este club no tan exclusivo los que salieron una tarde de currar y se fueron a un concierto del tirón vestidos «de sport» sin observar ni la más mínima etiqueta para lo que tiene que ser un evento del rock; no nos olvidemos de todos aquellos que siempre tienen como favorito de una banda un disco que no es el primero… Y podríamos seguir horas y horas desgranando tipos, pero acabaríamos asqueados de semejante gentuza.

Convertirse en un “paria del rock” para el rockero de a pie no es sin embargo algo que llegue más allá de una experiencia traumática para el que la vive. Lamentablemente solo se reduce a tal vez un cambio de amistades en el caso más extremo y a la autoimposición de una especie de “ley del silencio” para evitar la befa y la mofa en el futuro. Como aquel que sufre de hemorroides, que las sufre en silencio como todo el mundo sabe. Pero al final del día uno puede seguir con su vida y centrarse en lo que de verdad importa: Netflix.

Sin embargo, para el artista que alguna vez significó algo en el Olimpo rockero, cualquier pequeño desliz puede ser fatal y dar al traste con una carrera que, da igual si es más o menos brillante, se había caracterizado por una total militancia rockera. Estos «parias del rock» son los que con toda la razón se llevan las hostias más gordas.

Antiguamente bastaba con no comprar el disco de turno o en su defecto regalar o malvender la «copia de la vergüenza» que tenemos en nuestro poder, no vaya a ser que alguna visita nos la vea (la copia del disco digo) y caigamos nosotros también en la ignominia. Hoy en día sin embargo nos ahorramos este mal trago (¿quién se compra discos hoy en día pudiendo descargarlos gratis del internet?), pero tenemos un arma mucho más poderosa de lo que jamás habríamos imaginado: las redes sociales.

Efectivamente, actualmente nos basta con encender nuestro equipo de sobremesa o conectarnos desde nuestro dispositivo móvil para poner a caldo a quien nos apetezca. Al fin y al cabo se lo han ganado a pulso por no darnos lo que nosotros creemos que merecemos como fans y como gente que sustenta su carrera.

Y esto mismo es aplicable no solo a grupos y solistas, sino también a organizadores de festivales, programadores de salas, publicaciones musicales y la madre que los parió. Porque es más divertido destruir que construir, claro. Y además no servimos para mucho más, ¿verdad?

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