The Embrooks entrevistan a Peter Daltrey de Kaleidoscope

«No nos subimos a ningún carro. Ninguna persona creativa podía mantenerse inmune a la música o la cultura de la droga»

Hoy os traemos una entrevista muy especial a la portada de Rock and Roll Army. Coincidiendo con las fechas que Kaleidoscope van a ofrecer en nuestro país durante los próximos días, les pedimos a unos amigos que prepararan un cuestionario para Peter Daltrey. Se trata de la banda británica The Embrooks, que muy gustosamente aceptaron nuestra invitación gracias a otro amigo muy especial de esta web, Jesús Ye Yé. Aquí os dejamos el resultado.

– Tu primera banda, The Sidekicks, teloneó a The Who en Hendon en 1965. ¿Algún recuerdo de otras noches memorables cuando tocabas como Kaleidoscope o como Fairfield Parlour?

– Uno de nuestros conciertos más memorables fue el 5 de abril de ese año cuando abrimos para The Who en el Lakesider Club de Hendon. No hace falta decir que nos barrieron del escenario. Acababan de conseguir su primer hit después de cambiar el nombre de The High Numbers, «Can’t Explain», una muestra de crudo y directo pop mod. Teníamos una amiga que se llamaba Janet Payne; estaba convencida de que era su canción. Daltrey tomó prestada mi pandereta antes de salir al escenario. El cabrón la rompió en cachitos y se fue de rositas. Townshend estaba empezando a ser conocido por golpear sus Rickenbacker contra sus amplificadores. Era un grupo fascinante y violento, no podías quitar la vista de ellos. Más tarde en el camerino nos quedamos boquiabiertos viendo como Townshend guardaba las partes de sus Rickenbacker. Keith Moon, que era como un derviche sobre el escenario, destrozando su kit de batería mientras se las arreglaba para seguir tocando, andaba por allí con lo que se convertiría en su característica sonrisa sardónica. Comprobarás por la lista de conciertos que más tarde ese mismo año teloneamos, aunque no de forma tan memorable, a Fluer de Lys, The Ivy League y Dave Dee.

Por supuesto que si preguntas por conciertos memorables entonces el del Festival de la Isla de Wight de 1970 tiene que ser uno de los mejores, aunque no por razones especialmente buenas. Aquellos de vosotros que conozcáis la historia de la banda recordaréis los problemas que tuvimos antes de nuestra actuación con el presentador Ricky Farr rompiendo nuestro set por la mitad antes de que llegásemos al escenario.

– ¿Qué tipo de discos podías comprar en los 60 en Woolies, en Rayners Lane? ¿Había otras tiendas de discos por la zona o a las que te gustara ir?

– El primer disco que me compré fue «Handyman» de Jimmy Jones en diciembre de 1969… sí, en Woolies. El único sitio en el que podías comprar discos entonces. Hace mucho tiempo…

– Cuando tocásteis en Londres también con Eddy y Dann en 2015, mencionaste algunas buenas anécdotas sobre componer con Eddy mientras todos compartíais un piso en West London. ¿Te importaría compartir de nuevo esos recuerdos?

– Estábamos en la Sala de Percusión, el dormitorio de Ed que estaba arriba del todo de tres tramos de escaleras estrechas y oscuras. June había visto un fantasma. Estuvimos jugando con una tabla de ouija: había una pareja de galeses viviendo en el ático. Tenían doscientos años y estaban muertos. Ed tenía una enorme cortina de papel de seda dentro de la cual había puesto una bombilla azul de 40 vatios. Esa luz mística que llegaba con dificultad a cada esquina de la pequeña habitación casi se podía palpar. Se te metía dentro y levitamos juntos. También bebíamos el vino más barato y esto probablemente tiene más que ver para eso que el vínculo de compositores-hermanos.

Yo le pasaba a Ed montones de letras. Escribía todo el tiempo, así que Ed se llevaba docenas de folios con letras escritas con esmero. Después de unas semanas revisaba con cuidado lo que en su mayoría seguro que eran basura para quedarse con las que podía trabajar. Entonces yo recibía una llamada: «tengo algunas canciones, trae vino». Empezábamos la tarde con una comida china en un restaurante local. La sopa de cangrejo y maíz dulce estaba tan buena que nos podíamos comer fácilmente dos tazones y luego marcharnos. Y los lichis. Íbamos de vuelta a casa de los padres de Ed. Mr. P. solía estar en su pequeña habitación donde el tiempo se detenía literalmente. «¡Hooola Pete!». Un hombre alto e impactante, con una cara eslava cincelada, Mr. P. llevaba unas gafas con una lupa sobre una de las lentes. Esto hacía enorme uno de sus ojos y podía verlo todo. Los espíritus salían. Pequeños cristales de fuego. En la cocina Mrs. P. solía estar trabajando en la mesa, empequeñecida junto a una montaña de pantalones. La aguja iba y venía. «Oh, sois vosotros chicos…», musitaba con afecto, sacudiendo su pequeña cabeza con fingida desesperación. Gente agradable que se ha marchado para siempre, pero que vive para siempre en la mente de aquellos que los recuerdan. Y Fred, el viejo Spaniel negro con sobrepeso, sobre excitado y sobre todas partes. Bueno, realmente sobre las malvas, criándolas.

Dejábamos atrás una docena de hermanas de Ed o así mientras subíamos las escaleras hacia su habitación. Una vez dentro Ed se convertía en un manojo de nervios, preocupado por enseñar sus creaciones. Nos sentábamos sobre la cama y Ed me tocaba en algún momento las nuevas canciones, acompañándose de la guitarra o del piano que habíamos subido a pulso a su habitación en su cumpleaños. Ed tenía buena voz y dejaba marcada la pauta para muchas canciones que luego se convertirían en mi responsabilidad vocal. Era impresionante escuchar una letra que yo había compuesto semanas o meses antes tomar forma musical y convertirse en una canción. Raramente estaba decepcionado. Ahí empezaría la bebida de verdad. Una vez me desperté con mi cabeza atrapada entre la cama y la pared. Lo único que podía oír era una risa lejana e incontrolable. A veces paseábamos por las frías calles solo para bajar la borrachera. Nos parábamos delante de una estatua de Jesús que había fuera de una iglesia, pero corríamos presas del pánico cuando la veíamos moverse. Fue en una de esas noches, probablemente poco después ese mismo año, cuando escuchamos por primera vez «Lucy in the sky with diamonds» de John [Lennon]. Estabamos de pie en la oscuridad a las 2 de la mañana sintonizando un transistor en [Radio] Luxemburgo mientras la voz mágica e incorpórea de John fluía de la radio como el polvo de estrellas. Una revelación, una revolución. Para entonces nuestra manera de componer ya había cambiado.

Mis padres tenían un libro en su estanteria titulado «Flight from Ashiya» y esto me dió la inspiración para esa letra sobre un grupo de gente en un avión a punto de estrellarse. A la vez que me dí cuenta de que no teníamos que escribir ya siempre sobre el amor, el nuevo estilo de letras inspiró a Ed a dejar atrás las estructuras de canción convencionales. Todo se estaba convirtiendo en más complejo, más interesante. Obviamente nos influía todo lo que nos rodeaba, pero niego que nos estuviéramos subiendo a ningún carro. Ninguna persona creativa que viviera aquellos tiempos podía mantenerse inmune a la música, la ropa, la cultura de la droga, «La naranja mecánica», los alunizajes, el asesinato de Kennedy, la televisión en blanco y negro, el desafío a la religión, Vietnam, Ohio, Paris, Manson, the Beatles, Ready Steady Go, Harold Wilson, la bebida barata, las vacaciones baratas en el extranjero y los OVNI.

– Si tuvieras que mencionar otra gran influencia aparte de The Beatles, Bee Gees y Donovan, ¿cuál sería?

– En aquella época, en mi colección de discos también podías encontrar a Leonard Cohen y Joni Mitchell… y Bob Dylan por supuesto. Él era mi segundo héroe. El primero era Buddy Holly. Nadie en el mundo podía escribir como Dylan. Le adoraba. Habrá tenido una gran influencia en mi manera de componer, principalmente desde el punto de vista de animarme a intentarlo siempre más fuerte, no tirar nunca por la opción fácil en lo que tenía que ver con una rima o una metáfora.

– ¿Crees que Slade eran más duros que MC5?

– No sé nada de MC5, pero te puedo decir que cuando tocamos como teloneros de Slade nos barrieron del escenario. Una increíble banda de directo. Muy bien compenetrados.

– He oído que «Tangerine Dream» va a ser reeditado pronto por Universal usando las cintas de las mezclas originales. ¿Existen todavía las cintas multi-pista originales que permitan hacer nuevas mezclas del material? ¿Hay algún disco o single en concreto con el que te gustaría hacerlo?

– Tenemos algunas cintas de cuatro pistas de media pulgada que encontramos en los archivos. Esperamos poder remezclarlas y reequilibrarlas para extraer elementos de los sonidos y de las interpretaciones que pudieran haberse perdido en las mezclas editadas originalmente. Es muy excitante.

– La historia de Kaleidoscope está llena de managers poco diligentes y problemas con discos extraviados. ¿Cuál fue el incidente más hiriente a lo largo de los años?

– No creo que hubiera nada que llamaría ahora hiriente. El tiempo todo lo cura y la ira y la frustración se han ido suavizando a la par que avanzaban las décadas. La debacle de The Royal Albert Hall todavía duele un poco. Tuvimos una gran prueba de sonido por la tarde, pero cuando salimos al escenario nos encontramos con que alguien había estado toqueteando los ajustes de nuestra mezcla, así que nos dejaron gateando por ahí intentando conectar de nuevo los instrumentos y reajustando niveles. Espantoso. Y el trato en el festival de la Isla de Wight fue inolvidable.

– Ingenuamente yo pensaba que todos los grupos (tantos famosos como no) que vivían y trabajaban en Londres en el 66 y 67 se conocían o al menos habían oído los unos de los otros. He leído que esto no era así necesariamente. ¿No érais amigos o al menos conocidos de ninguna de estas otras bandas que también estaban por el West London? ¿Qué me dices de July por ejemplo?

– Como ya he contado muchas veces nosotros vivíamos en nuestro propio mundo de Kaleidoscope. No socializábamos con otros grupos. No íbamos a los clubes. Estábamos componiendo y grabando, centrando todas nuestras energías en la banda. Nunca oimos hablar de July por ejemplo ni nunca compramos un disco de Pink Floyd.

– ¿Cómo comenzó la relación de trabajo con Trembling Bells y la idea de tocar canciones de Kaleidoscope en directo de nuevo?

– Hebaía hecho dos giras por los Estados Unidos con mi fantástica banda americana (Rob Bartholemew, Cheryl Lynn Caddick y el larguirucho Christof Chertik) y tocamos también en un festival en España. Aquí en el Reino Unido tengo una banda local (Simon Shaw, Lavinia Blackwall, Mike Hastings, Seb Jonsen y Graham Gordon tocando sitar). Tocamos en Glasgow en noviembre y luego un gran concierto en el Islington Assembly Hall de Londres, que fue votado «Mejor concierto de 2013» en Shindig magazine. ¡Algo muy gratificante para mí después de medio siglo de abandono! En el concierto de Islington se nos unieron Ed y Dan en el escenario para un par de temas. Estoy seguro de que disfrutaron la experiencia y fue maravilloso para mí tener a estos viejos colegas conmigo. Estaba sonriendo de oreja a oreja. Así que es Glasgow, España, Nottingham y luego un gran concierto en Londres el 11 de noviembre. El final de una era. El satisfactorio cierre de un círculo musical…

– Cómo fue la experiencia de grabar para Philips y tratar con un productor que podía no entender vuestro sonido? ¿Os quedásteis satisfechos con las grabaciones finalizadas?

– El 24 de febrero de 1967 tuvimos nuestra primera sesión de grabación como Kaleidoscope en el estudio Stanhope Place de Philips, un gran paso para la humanidad desde Marble Arch. Aunque nerviosos al entrar en esta misteriosa y tenuemente iluminada caverna, sabíamos que no podíamos permitirnos que nada saliera mal. Grabamos «Holiday Maker» y «Kaleidoscope». Al contrario que en todas las grabaciones que habíamos tenido antes en antros con hueveras, no nos decepcionaron los resultados. De hecho estábamos maravillados con la claridad de esos resultados, fascinados con el proceso de grabación y encantados de descubrir que los ingenieros eran amistosos y te ayudaban. Dick produjo, obviamente estando al corriente de que éramos novatos, permitiéndonos instalarnos y acostumbrarnos a la catedral de los estudios. Fue un día memorable sin duda. Experimentamos por vez primera esa sensación irreal cuando salíamos de la atmósfera protectora del estudio hacia el mundo exterior, como viajeros volviendo de un viaje de descubrimiento. Parpadeabas y te encontrabas de vuelta en el mundo real donde la vida continúa. Es difícil de explicar, tendrías que haber estado allí.

Aunque estaban pasando muchas cosas por detrás, nuestra siguiente sesión de grabación no fue hasta finales de abril. Dick quería escuchar canciones nuevas. Tocamos para él «The Murder of Lewis Tollani», pero rechazó levemente esta inusual oferta. Pasamos el día grabando. «Mr.Small, the watch-repairer man», una canción sobre el padre de Ed que arreglaba relojes en un minúsculo taller bajo las escaleras de su casa en Acton. También grabamos «Move», una canción que siempre iba bien en el escenario, pero que no quedaba muy bien grabada. Esta fue la primera señal de que nuestras canciones más ruidosas y pesadas difícilmente acabarían en algún disco. Aunque le gustaban al público, en el proceso de grabación era difícil acomodar los decibelios tan altos de una actuación en directo. No me cabe duda de que es diferente hoy en día, pero entonces los ingenieros siempre estaban sugiriendo con tacto que tal vez debiéramos intentarlo de nuevo con un volumen más flojo; esto acababa con la dinámica de la canción.

– Los «swinging» 60s parecen haber existido realmente solo en Londres. ¿Cuál es tu experiencia de tocar fuera de Londres de 1967 en adelante?

– Estábamos viviendo tiempos mágicos. Sabíamos que aquellos años eran especiales. Sabíamos que estábamos quitándonos el traje monocromo y desmovilizado de la post guerra, esta iba a ser nuestra era. La moda estaba explotando. Ed y yo trabajábamos justo detrás de Carnaby Street. Solíamos bajar al Fleggy Bill’s cafe. Solo había una boutique… y no teníamos ni idea de lo que significaba esa palabra. Vendía ropa interior rara para su clientela homosexual; no había ninguna palabra parecida a «gay» en aquella época oscura. En el plazo de nueve meses Carnaby Street sufrió una transformación gracias a la llegada de pequeñas tiendas que vendían ropas exóticas. Entonces comenzó el runrún. La gente comenzó a ir en manada a la zona. Nos vestíamos con ropas extranjeras. Había música saliendo de las tiendas «¡¿Qué?! ¡¿Música sonando en las tiendas?!«. Nunca había ocurrido antes. La gente merodeaba por la calle simplemente escuchando la música, bailoteando, pavoneándose, esperando a que David Bailey les viera… y entonces empezaron a fumar cigarrillos olorosos y cuando ibas bajando por la calle pensabas que se estaba quemando alguna parcela por alguna parte. Todo pasó muy rápido.

Yo era el dandy del grupo. Granny Takes a Trip era la tienda más loca en todo Kings Road, cambiando su loca ventana cada par de meses. Un momento la fachada de la tienda estaba pintada de negro sin ninguna señal indicando que era Granny’s; al siguiente había un enorme coche americano con la mitad incrustada en la ventana. Los mercados antiguos de Kensington y Chelsea eran también lugares de caza. A mi novia le encantaban los vestidos de los años 30 y yo me puse todo victoriano la primera vez que me probé una levita negra.

Pero era diferente fuera de Londres. La gente no era tan audaz en los Midlands o en el norte. Pasearse por ahí en un traje sofisticado en algunas de esas poblaciones industriales o en esas polvorientas ciudades era como ir buscando problemas.

– Parece que aunque en los 60 fuisteis ampliamente infravalorados, ahora se os tiene en mucha estima, al menos a un nivel «underground». ¿Este reconocimiento tardío endulza algo la amargura o la decepción del poco éxito comercial de entonces?

– Es muy satisfactorio para mí saber que todo aquel esfuerzo, todo aque estrés, toda aquella decepción de alguna manera valió la pena. Recibo emails de fans de todas las edades alrededor del mundo que me dicen que aman a la banda y a nuestra música. Es es todo lo que siempre quisimos: que la gente disfrutara con nuestra música.

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