No es que lo diga yo, pero que sepas que ser, eres

Algunos artistas están imponiendo leoninas concesiones de derechos a los fotoperiodistas que acuden a cubrir sus conciertos

La industria musical.

Esa industria de la cual una publicación como esta es parte, aunque hay cierta parte de la industria que de vez en cuando intenta que seas menos parte.

Existe una leyenda que dice que a alguien, un día, se le ocurrió que quizás la prensa musical (como parte de la prensa que es), no debería tener tanto poder, o no debería tener la potestad de informar y decir la verdad. Hasta aquí, a todo el mundo le puede sonar familiar este planteamiento, ya que se escucha constantemente en los medios generalistas y en boca de los políticos y las multinacionales de turno.

Lo que quizás no suene tanto al público musical, es una práctica que hace un tiempo era extremadamente inusual, pero que en los últimos años vuelve a coger fuerza. No hablamos de las coacciones o listas negras en las que pueden caer algunos medios por no santificar a los artistas, aunque hagan actuaciones vergonzosas a precio de oro. Tenemos que ir un poco más abajo, no por peor sino por ser parte de la base de la pirámide trófica, en el escalafón de la prensa musical.

Los fotoperiodistas musicales.

Ese colectivo formado por el general y erróneamente llamado fotógrafo musical, siente en sus carnes los vaivenes por ambos lados del foso. Por un lado, los propios medios, que se empeñan a enviar a cubrir los conciertos a becarios poco formados e informados, con la única remuneración por su trabajo mas que la própia acreditación al evento que cubren, que les permite disfrutar del mismo sin pagar por caja, con el progresivo empobrecimiento de los contenidos y de la consideración profesional que progresivamente se «amateuriza»;  y por otro los embites de ciertas bandas y sus representantes.

Vamos a olvidar, por el momento y esta vez, el lado de los medios, que daría para más de un artículo y columna de opinión. En esta ocasión vamos a poner el ojo en el lado de las bandas y sus representantes.

Ahora que se acerca la época de festivales y grandes conciertos, muchas bandas de renombre visitan nuestras tierras y el interés que suscitan hace que los medios compitan por las normalmente escasas acreditaciones que los grupos conceden. En el caso de que seas afortunado y entres en el Olimpo de los elegidos, de vez en cuando, hay todavía un obstáculo más que salvar: las cesiones de derechos.

«¿Y eso qué es?», se preguntará más de uno. No se preocupen. Arrojaremos luz sobre qué son y cuál es su motivación y resultado.

Retomamos la leyenda con la que hacíamos la introducción a este articulo. Pongamos que tengo un grupo musical, que tengo solicitud de acreditaciones y que quiero controlar qué es lo que los fotógrafos publican en sus medios. Pues parece que cierta parte de la industria ha encontrado la solución al problema: «Vamos a obligarles a firmar un contrato en el que nosotros decidamos qué es lo que se puede publicar o no de nuestra banda».

Como quiera que hay un número de gente desinformada dentro de la profesión, muchos firman ese contrato para así poder hacer las fotos a ese grupo que les mola tanto o que tienen una repercusión mundial y les ayudará en el lanzamiento de su prestigio profesional. También puede ocurrir que el medio para el que trabajes o colabores te «sugiera» firmarlo, anulando tu posibilidad de respeto propio para rehusar hacer las fotos y no caer en el chantaje.

Ya no hablemos del manido «tres fotos y sin flash» (o incluso menos), mantra de la profesión que se instauró no se sabe muy bien por qué ni cuándo a ciencia cierta, pero que obliga a trabajar en unas condiciones a veces lamentables a la prensa gráfica.

Mediante la firma de la cesión, estamos obligados a enviar dentro de un plazo generalmente inferior a 48 horas las imágenes al representante de la banda, que nos devolverá el listado de las que considera han pasado el examen, y haciéndonos borrar el resto en la mayoría de los casos.

Volvamos al asunto. Ahora que hemos conseguido tener el control de lo que se publica o no de nuestro grupo y han tragado, vamos a ver hasta dónde podemos apretar.

Aparece una nueva claúsula, en la cuál el fotógrafo renuncia a la autoría intelectual de sus fotografías (el copyright), y se la cede a cambio de nada a la banda, que podrá explotarlas de la manera que quiera, cuantas veces quiera y en el territorio que quiera hasta el infinito y mas allá. En la gran parte de los casos ni siquiera se acepta el uso para la página web, portfolio o RR.SS. del própio fotógrafo autor de la imagen.

Seguro que a más de uno le parecerá exagerado lo que les planteamos aquí. Sería como si el presidente de cualquier gobierno solamente dejara asistir a los medios a los dos primeros minutos de su comparecencia, y luego los medios le tuvieran que entregar para su aprobación los artículos que realizaran y las fotos que tomaran, y solo aquellos que les convengan tendrán permiso de publicación. ¿A que ahora les parece un poco más fuerte? Cuanto menos, parecería la forma de actuar de un dictador de una república bananera. No tardaría ni un instante el cuarto poder en no claudicar ante la extorsión. Pues bien, esto es lo que ocurre en la prensa gráfica musical.

Hemos de decir que no todos los grupos realizan estas prácticas, pero parece que últimanente se está volviendo a retomar la tendencia.

Que conste que nosotros comprendemos que una banda o artista quiera controlar tanto las fotos que se hacen de ellos, como el posible uso lucrativo que se pueda derivar de ello, pero consideramos que hay formas correctas de hacerlo.

La primera sería no permitir hacer fotografías y contratar un fotógrafo que acompañe «oficialmente» al artista, pagándole, claro, con el cual siempre podrá tener el control sobre lo que se hace y entregar lo que considere necesario a los medios que lo soliciten.

La segunda sería hacer firmar un acuerdo entre el fotógrafo que cubra el evento y el artista, en la que el artista pueda ejercer una especie de «veto» a alguna fotografía que considere que no le beneficia para su imagen. Aquí ya empezamos a patinar sobre algo que se supone que no habría que establecer por contrato. El artista debería confiar en la profesionalidad del fotógrafo para no elegir las fotos en las que éste salga «desfavorecido». Todos los fotógrafos tienen fotos con caras ridículas que son descartadas en la selección. Es una cuestión de ética profesional el no publicarlas. Por tanto nos movemos en terrenos movedizos en cuanto al contrato, pero al menos se deja libre la parte de derechos.

Y la tercera, la más deseable, sería que se dejara trabajar a los fotógrafos con total libertad, y que si el grupo encuentra que quiere determinada fotografía que algún fotógrafo ha capturado, se la compre. Cualquier grupo de entidad tiene recursos de sobra para hacerlo (y los de menos, en su medida, también). El grupo paga a la persona que les lleva del hotel al evento, por la que coloca las flores o bebidas de su camerino, la que les prepara o consigue su café… ¿Quieren decirme que no es posible pagar por una imagen que les interese? ¿No pagaron The Clash por la foto de Simonon destrozando su bajo? ¿Johnny Cash por la de su dedo? ¿Sufriría su economía la bancarrota más cruel?

Está el otro lado de la moneda: «¿Para qué vamos apagar por algo que podemos conseguir gratis?». Es curioso que abanderen esta postura los que luego se rasgan las vestiduras con las descargas ilegales. Para mí este planteamiento solo tiene un nombre y está reflejado en el código penal.

Si no se lo creen, aquí les dejamos unos cuantos links de algunas de sus bandas favoritas. Este, por ejemplo, antes y después de la revisión por parte de la NPPA (Asociación nacional de fotógrafos de prensa de USA), que tuvo que actuar a partir del revuelo que causó su distribución.

También hay que hacer hincapié que dependiendo de dónde actúen, los artistas que «ofrecen» sus contratos los presentan o no: puede darse la circunstancia de que fotografíes al mismo artista y en una ocasión te suministren el contrato y en otra ni aparezca, dependiendo del país, evento, sala, y otras variables.

Y la situación se puede revertir. En Noruega no existen los contratos de cesión de derechos. La prensa se plantó hace años y ahora no se permite el uso de ellos. Tendremos que aprender del ejemplo de los vikingos.

Los artistas necesitan a la prensa musical en la misma medida en la que la prensa musical necesita a los artistas. Es un equilibrio que no se debe de corromper por el beneficio mutuo de ambos. Así que la próxima vez que un artista te ponga un contrato de cesión de derechos, haz lo profesional y éticamente correcto. No lo firmes y date media vuelta sin hacer fotos. A la larga, saldrás beneficiado.

Ya lo decía Mota: No es que lo diga yo, pero que sepas que ser, eres.

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