‘El hombre que cayó en la Tierra’ de Walter Tevis

El hombre que cayó en la Tierra

Walter Tevis
EE.UU., 1963
218 pgs.
Novela/Ciencia-Ficción
Ed. Contra, España, 2016

Hizo girar de nuevo el interruptor, en busca de un western. Le gustaban las películas del oeste. Pero lo que apareció en la pantalla fue un programa propagandístico, pagado por el gobierno, acerca de las virtudes y la potencia de Norteamérica. Se veían imágenes de blancas iglesias de Nueva Inglaterra, de peones del campo –siempre con un negro sonriente en cada grupo- y de arces. Aquellas películas parecían proyectarse con mayor frecuencia últimamente; y, al igual que tantas revistas populares, eran cada vez más absurdamente fanáticas: más comprometidas que nunca con la fantástica mentira de que América era una nación de pequeños pueblos temerosos de Dios, ciudades eficientes, granjeros ricos, médicos amables, amas de casa felices, millonarios filántropos…

El pasado septiembre, apenas nueve meses después de la mundialmente llorada muerte de Bowie, llegó a casa un paquete que contenía un libro con un primer plano del cantante, joven y bellísimo sobre fondo negro, en la portada. La Editorial Contra reeditaba “El hombre que cayó en la Tierra”, un clásico de ciencia-ficción cuya versión cinematográfica fue protagonizada por el Delgado Duque Blanco poco antes de mudarse a Berlín con Iggy Pop.

El libro, escrito por Walter Tevis a los treinta y cinco años, era la segunda novela del autor, que acababa de ver cómo su ópera prima, “El buscavidas”, triunfaba en Hollywood gracias a la interpretación de Paul Newman.

Si bien en “El buscavidas” recreaba el atractivo submundo de los billares americanos de mediados de siglo, un ambiente que le fascinó desde que trabajara allí siendo más joven, parecería a simple vista que el cambio a la ciencia-ficción es ciertamente brusco. Sin embargo, “El hombre que cayó en la Tierra” es un perspicaz retrato de la América de su tiempo, sobre la que Thomas Jerome Newton, recién llegado del planeta Anthea proyecta una mirada distanciada y crítica.

El argumento dio una vuelta de tuerca al concepto de invasión extraterrestre, que acabó deviniendo en dos perspectivas enfrentadas que encuentran con facilidad su correlato político: de un lado están los que imaginan a los extraterrestres como enemigos invasores a los que hay combatir con las armas, exaltando los valores nacionales; de otro, los que, críticos con la realidad de nuestro mundo, imaginan una civilización inteligente y pacífica que nos mostraría un camino diferente. Ni que decir tiene que la novela de Tevis se acerca más a esta segunda visión.

No obstante, aunque estamos ante un libro de ciencia-ficción, con su extraterrestre procedente de un planeta lejano y su nave espacial, el protagonista no deja de ser una especie de humano, aunque con ciertas diferencias, que afronta una misión complicada en solitario y cuyas propias debilidades abocan al terreno de la ginebra y la derrota. En este sentido, la novela cuestiona también la clásica idea del sueño americano, mostrando que la ruleta de la fortuna es caprichosa y que cuanto más alto subes, más dura puede ser la caída.

El contrapunto del alienígena es su amigo, Nathan Bryce, un lúcido profesor de Química que se acerca a su vejez con agrio desencanto y de quien esperamos una grandeza que nunca llega. Junto a él está la dulce y alcohólica Betty Jo, una mujer bondadosa que, incapaz de conducir su propia vida, se ahoga en su propia melancolía. De fondo, una galería de personajes secundarios ilustran la codicia, la mezquindad y, en definitiva, la estúpida crueldad del ser humano.

En conclusión, es admirable que Walter Tevis compusiera, siendo un treintañero, un relato como este, en el que más allá de su maestría para articular ciertas nociones científicas, destacaría su asombrosa capacidad para mostrar el fondo del alma humana y la deseperanzadora corrupción de una sociedad que viaja con vertiginosa velocidad hacia su propia extinción.

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