‘El almuerzo desnudo’ de William S. Borroughs

El almuerzo desnudo
William S. Burroughs
Tánger, 1959
252 pgs.
Novela

Sólo hay una cosa de la que puede escribir un escritor: lo que está ante sus sentidos en el momento de escribir… Soy un aparato para grabar… No pretendo imponer «relato», «argumento», «continuidad»… En la medida en que consigo un registro Directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta… No pretendo entretener…

El 3 de agosto de 1956, Burroughs firma una carta dirigida a un cierto doctor en la que incluye un artículo sobre los efectos de diferentes drogas en el organismo, titulado «Carta de un experto adicto a las drogas peligrosas”, que será publicado en The British Journal of Addiction, Vol. 53, Núm. 2. En la misma carta, Bill se declara limpio y «en un estado general de salud excelente” y manifiesta su intención de escribir «un libro sobre los estupefacientes” par el cual necesitará un colaborador adecuado para que se ocupe de la parte técnica. Tres años más tarde, concluye en Tánger la que será su obra maestra: «El almuerzo desnudo».

En esos tres años que van desde la carta hasta la publicación de «El almuerzo desnudo», se publicaron «Aullido» («He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura…”), de Allen Ginsberg y «En el camino», de Jack Kerouac, que llevaba terminada seis años cuando finalmente vio la luz en 1957. Las tres obras son los pilares de la Generación Beat. Si bien Burroughs, que estaba íntimamente ligado por su amistad a los otros dos autores y especialmente a Ginsberg, que fue quien logró que estas obras se publicaran, rechazaba pertenecer a este grupo. Es lógico, estas etiquetas vienen bien a la crítica, pero hacen un flaco favor a la realidad de que cada autor escribe desde sus fundamentos individuales. Y nadie ganaba a Bill Burroughs a individualista.

La mayor influencia de Burroughs, la que lo determinó a convertirse en escritor, fue la de un hobo que tras pisar decenas de cárceles convirtió su historia en un best seller a principios del cada vez más lejano y mítico siglo XX. Se trata de Jack Black, autor de «Nadie gana». Se puede ver su huella en la ópera prima de Bill, «Yonqui», una descarnada crónica de su experiencia como toxicómano, de la que ya hablamos aquí, en la que narra sus peripecias de yonqui con sarcasmo, ironía y regocijándose de un modo amoral en los ambientes y personajes marginales del mundo de la droga y el hampa, en los que halla un grandísimo filón estético.

En cuanto a «El almuerzo desnudo» -entremos ya en materia-, se trata de una obra que tiene fama de compleja, por su aparente falta de estructura, aunque podríamos hablar con más tino de una estructura particular, y esta característica ahuyenta a veces a los potenciales lectores, que por un lado sienten su magnetismo, pero por otro posponen su lectura por pereza. Sí, estoy hablando de mí, puede que también de ti.

La obra se puede leer en el orden que uno quiera, incluso de izquierda a derecha. De hecho, «Prefacio atrofiado. ¿Y tú no?”, sería el último capítulo -y puede que el mejor, aunque eso irá en gustos- si siguiéramos el orden clásico.

Por lo que respecta al contenido, en primer lugar, lo importante desde el punto de vista artístico, es el enorme dispositivo de personajes, ambientes y lugares. Un mapamundi de los barrios bajos que va desde Nueva York a Tánger, pasando por lugares tan curiosos como España. Los temas son varios, aunque están entrelazados: el narcotráfico a pequeña y gran escala, desde la experiencia del yonqui y sus problemas con la policía al negocio del contrabando; los experimentos médicos, vistos como una sátira que sitúa a los enfermos en manos de sádicos personajes ávidos de gloria; la homosexualidad y, por último, la manipulación de los Estados por medio de sus servicios secretos y policiales y la criminalización de determinadas conductas, incluida la homosexual.

En segundo lugar, como aclara el prólogo escrito por el propio autor y el artículo publicado por el British Journal of Addiction, el libro es un alegato contra el consumo de opiáceos en el que el autor defiende con argumentos científicos que no existe adicción psicológica, sino que se trata de una adicción metabólica cuya cura debe ser tratada con apomorfina, en lugar de morfina o metadona y en ningún caso precisa de atención psicológica.

Dijo Ginsberg que «Burroughs es también un auténtico poeta. Una página de su prosa es tan densa en imágenes como cualquiera de Saint-John Perse o Rimbaud”. Nada que objetar a estas palabras. El verano de 2013 lo pasé viendo una y otra vez la magnífica versión cinematográfica del Almuerzo realizada por David Cronenberg y protagonizada por el mítico Peter Weller. Una película que no alcanza a reflejar ni una quinta parte de lo que hay en el libro, pero que en sí misma es una obra maravillosa.

En la peli, Ginsberg y Kerouac encuentran a su amigo Bill drogado hasta las cejas en un cuartucho de Tánger repleto de hojas sueltas mecanografiadas. Ginsberg lo lee y dice Hey Bill, esto es muy interesante… Y lo llamaron «El Almuerzo Desnudo».

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