Drip Man & The Beat Revolver – Zaragoza (Eccos 23-9-15)

Nos empeñamos a menudo -sobre todo los que ya tenemos cierta edad-, en decir que ya no surgen grandes bandas de rock ni se editan discos memorables que acabarán pasando a los anales. Supongo también que muchos utilizan ese argumento para desentenderse del rock en pequeños recintos, del concierto de garito y de lo que hace no tantos años era bastante habitual: acudir a los conciertos aunque no se conociese el nombre del grupo que sudaba sobre el escenario. En otras palabras, había afición, algo que, sin ánimo de entrar en las causas -otra vez no, por favor-, ahora se echa bastante en falta.

Solo así se puede explicar que en su segunda visita a la ciudad del cierzo, una banda como Drip Dry Man & The Beat Revolver no haya arrastrado a una masa enfervorecida y que mucha gente prefiriera el fútbol, el sofá, o ambas cosas a la vez, al rock and roll en una triste noche de miércoles. El pasado noviembre, Drip Dry Man fue capaz de dejar boquiabiertos a los pocos privilegiados que tuvimos la sensatez de molestarnos en acercarnos a alguno de sus conciertos, y en esta nueva visita yo tenía la esperanza de que el boca a boca atrajera a más gente, pero no era el día ni las circunstancias correctas. De todas formas tengo tanta confianza en esta banda que sé que tal vez sea un proceso un poco más lento, pero que si se mantienen el tiempo suficiente acabarán recibiendo el reconocimiento que se merecen.

Porque estamos hablando de un grupo en el que cada miembro por separado ya justifica por sí mismo la compra de una entrada. Tal vez en un primer acercamiento, quien llame la atención sea el propio Drip Dry Man, un frontman de los que se deja el pescuezo en cada show, moviéndose entre el público, desafiándolo con su mirada, arengándole desde encima de la barra y dotado de una profunda voz que parece provenir de lo más profundo de la naturaleza humana; pero si uno se fija con atención, descubrirá a otros tres músicos que, si se tratará de cine, deberían ser calificados como secundarios de lujo: un guitarrista intenso y que no se queda atrás a la hora de contorsionarse sobre el escenario, un sólido bajista que traza las líneas sobre las que reposa esa oscuridad que es clave en el sonido de la banda y un baterista técnico, pero también contundente y espontáneo. A partir de ahí, el akelarre está garantizado a base de blues oscuro y retorcido, sudor y grasa, junto con unas canciones que en directo adquieren una capa de suciedad y óxido que las hacen más incisivas si cabe. Destacaremos dos momentos: la interpretación de «Roll On» con guitarrista y baterista chasqueando sus dedos con todo el público en un respetuosísimo silencio y el apoteósico final, con toda la banda revolcándose por los suelos del escenario, como si formara parte del pago de un trato firmado en un polvoriento cruce de carreteras a medianoche. Lección magistral de lo que debe ser un concierto de rock and roll, tanto por entrega como por estructura y actitud.

Tal vez tomaron nota Victorious Fleet Commanders, joven banda local cuya existencia desconocía pero que me dejaron gratamente sorprendido. Dos guitarristas y un batería que practican un garage-blues de corte muy actual, en el que si bien son notorias sus mayores influencias (toman un poquito de Jack White y The White Stripes y un muchito de The Black Keys), se aprecia su capacidad para escribir algunos temas con verdadero gancho. Funcionan mejor cuando se dedican al ruidismo que cuando abusan de la pedalera de efectos, y aunque perdieran algo de fuelle durante la recta final de su descarga, dejaron una muy grata sensación. Y lo que es más importante, nos dejaron con la esperanza de que pueden hacer grandes cosas en un futuro que esperamos no sea muy lejano.

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