Reverence Valada 2015 – Valada, Portugal (27-29/8/15)

Continúa un año más el Reverence Valada, cerrando nuestro particular circuito festivalero veraniego. Lo vuelve a hacer con todos los condimentos que se le pueden exigir, a un certamen diferente al resto de eventos conocidos. Una apuesta musical evidentemente arriesgada, en medio de las agrestes instalaciones que nos sorprendían el año pasado, serían nuevamente servidas para que pudiéramos pasar tres días alejados del mundo, tal y como nos es ofrecido durante el resto del calendario.

Llegaríamos de jueves este año, dispuestos para una primera toma de contacto, con todo lo que el Reverence del 2015 tenía que ofrecer. Tendríamos tiempo para ver como la localización del festi continuaba asentada al borde del río Tejo, en el mismo parque de Merendas sobre el que se alzaban tres escenarios coloristas y resultones, y la gente comenzaba su particular fin de semana lisérgico.

El aperitivo del festi nos ofrecería actuaciones desde las 17:00 de la tarde, aunque tan solo llegaríamos para degustar los dos últimos combos de la jornada. The Vickers serían de esta manera los que nos recibirían este año, desplegando elegante rock psicodélico sin olvidarse de agradecer a Nick Allport por la inclusión, y consiguiendo mover a todo el que se dejo caer por el escenario Rio, el único que sería habilitado durante la jornada inaugural.

Proseguiríamos el rodaje con Jeff And The Brotherhood despidiendo la noche, instándonos a disfrutar de sus poderosas composiciones Stoner, que sinuosamente tornaban pesadísimas y áridas, dándonos una liviana muestra de lo que veinticuatro horas después, nos ofertarían los todopoderosos Sleep. La noche concluiría en paz y buenos alimentos, avisados de todo lo bueno que podríamos degustar a poco que girásemos la esquina.

La segunda jornada la comenzaríamos con los maravillosos Stoned Jesus, desplegando su «Electric Mistress» delante de una amplia cantidad  de espectadores. Serían una de las formaciones más respaldadas de la jornada, siendo su directo relativamente convincente, sin llegar en ningún momento a ser tan niquelado como han dejado grabado en sus obras de estudio. Sería una gozada en cualquier caso, poder disfrutar del «I’m The Mountain», mientras el humo de los canutos iba cercando nuestra presencia. La experiencia hippie-stoner, había comenzado a lo grande.

Proseguiríamos con los Grave Pleasures, dando la réplica a los ucranianos desde el escenario Praia. Lo suyo se convertiría en una de las actuaciones más calurosas del Reverence, y no por la entrega o pasión que desplegarían los noruegos desde las tablas, sino por la tremenda solana que padecerían los músicos que hasta hace poco navegaban bajo la bandera de Beastmilk.

Con el astro rey dándoles en toda la jeta, los nórdicos trabarían una accidentada comparecencia en la que no faltarían sus nuevos himnos -como «New Trip Moon» o «Crying Wolves»- ni los «viejos» éxitos que les reportó su anterior formación. De esta manera planearían sobre Valada temazos como «Death Reflect Us», dejando un regusto bastante frio por desgracia, más por las difíciles condiciones en las que tuvieron que apreciarse, que por demerito de la propia banda. Su enorme potencial lo tendremos que presenciar en sucesivas
comparecencias.

Una vez hubimos sobrepasado las dos primeras formaciones de la jornada -al menos para nosotros- pudimos acceder al recinto principal, desde el que andaban preparándose los intratables Process of Guilt. Arrancarían los lusos con demasiada luz en el ambiente, como para que sus composiciones desplegasen las sombras que acostumbran. Conseguirían sin embargo, meternos en su particular infierno de Post Metal torturado.

Desplegarían uno de los sonidos más salvajes de la jornada, sin llegar a los límites extraterrestres de Sleep, pero con el suficiente número de watios, como para dejarnos los tímpanos doloridos por un buen rato. Acertaríamos a revolcarnos entre algún tema de su anterior LP, el Liar de su últimisimo EP y hasta algún corte nuevo, con el que dejarnos ir hasta la siguiente parada técnica.

Los popys Waves nos servirían de puente entre la apisonadora portuguesa y unos Bizarra Locomotiva, que mucha gente ansiaba ver sobre las tablas del escenario principal. Una vez contemplada su propuesta, seguimos sin entender cómo pudieron ostentar el puesto que la organización les otorgó. Malos como si de una banda tributo a Rammstein se tratase, preocupándose tan solo por las poses y desplegando un tema vacío tras otro. Olvidables y de tercera regional.

Superada la broma de mal gusto que nos ofertaron los portugueses, hicimos tiempo de buena gana con los transalpinos Black Rainbows, quienes andaban por el escenario Praia desplegando Stoner musculoso, no tan boyante como el que se les puede apreciar desde el estudio, pero suficientemente poderoso como para que pasásemos el rato entretenidos.

Lo que vendría a continuación superaría con creces la media alcanzada hasta el momento. Los Alcest de Neige, inundando el Parque de Merendades con ensoñaciones de otro mundo, otro plano de existencia, mucho menos triste que el que tendemos a pisar a diario. Arrancando furibundamente con «Les Iris», y mostrando al poco, sus preciosistas souvenirs, recordando sus momentos más Black, sin perder en ningún compas la belleza última que conservan los abismos poco soleados.

Pasarían brevemente sobre «Autre Temps», luciendo menos shoegazers que lo que uno se hubiese imaginado, pero dejando como colofón su cenit personal, «Deliverance». El corte más redondo de su última obra, el cual engloba certeramente el nivel de belleza que estos franceses son capaces de poner sobre la mesa. Deliciosos.

Nos moveríamos veloces hasta el escenario Praia, para permitirnos ser aplastados bajos las zarpas del implacable Ufomammut italiano. Bajo semejante tonelaje discurrirían nuestros siguientes minutos, sepultados por el volumen atroz que acostumbran a desenfundar los maestros del Doom transalpino. Recorrerían su reciente Ecate de cabo a rabo, acompañando sus pisadas con mal rollistas proyecciones y tonos rojo muerte. Nos harían sangrar de gusto, perdernos en medio de su éxtasis mesiánico, y prepararnos adecuadamente para lo que la noche nos depararía, un ratito después.

Aprovechando la acometida del John Spencer para mover el bigote con parsimonia, volveríamos a la acción con Dewolff y su rock duro de otros tiempos. Presidirían el apartado revisionista de la noche, poniéndole al escenario Praia un divertido punto festivo, sin que llegasen en ningún momento a convencernos de que algún día dominaran el mundo, aunque no desentonasen lo más mínimo en todo lo que allí se estaba cociendo.

Llegaríamos por fin hasta las faldas de la banda estrella del certamen, los inimitables Sleep de Pike y Cisneros, quienes alzarían el listón hasta límites inalcanzables para el resto del plantel que tenía que sucederles. Comenzarían impertérritos frente a una acojonante muralla de Marshalls rugientes, con Pike lanzando riffs al aire para que el mantra fuese envolviéndonos sin prisa.

Fue en esos primeros compases en los que el espacio tiempo pareció absorbernos por completo, el bucle adueñándose de nuestros pensamientos y por algo más de hora y media, viéndonos forzados a vagar por las infinitas dunas que esculpían los Sleep. Con «Sonic Titan» como aperitivo y «Holy Mountain» recordando el ponderable legado del Sabbath, hasta que el Dopesmoker nos acabara cogiendo por las pelotas,  obligándonos a perder cualquier noción de lo terrenal, en su sentido más estricto.

Toda una experiencia sentir como los ritmos se estiraban, sin llegar a saber cuando iban a detenerse, una experiencia que trascendía lo razonable y no tenia comparación posible, con Cisneros haciendo de chaman iluminado y Pike soltando un riff tras otro. La ceremonia desértica proseguiría hasta superar los límites de unos cuantos, dejando al resto saciados y a unos pocos chalados, con ganas de seguir deambulando entre bucles infinitos. Incontestables.

El último día de festi nos quedarían aun unas cuantas bandas con las que poder pasar la resaca de Sleep. Nada semejante a lo disfrutado la noche anterior, aunque suficiente tela como par ir gozando el finde que nos quedaba por fumarnos.

En primer lugar se plantarían ante nosotros los Samsara Blues Experiment, quienes ahora funcionan en formato de trió, pero siguen contando con esa prodigiosa capacidad para provocar la evasión entre los que tienen la fortuna de escucharles. Se mostrarían a ratos rocosos, aunque fundamentalmente psicodélicos, fieles a su patentada formula de hacer las cosas. Básicamente instrumentales y ante un publico de lo más fumeta, los alemanes entrarían de vicio para la bonita tarde que nos había salido.

Nos lo tomaríamos con toda la calma posible, pasando el rato hasta el siguiente destino que teníamos fijado, el que marcaban los portugueses Sean Riley and the Slowriders, quienes se marcarían un show correcto y apañado, sin llegar a demostrarnos nada del otro jueves. Cierto es que su propuesta es más apropiada para garitos, que para grandes recintos como el que aquí se relata.

El momento mágico de la noche se lo marcarían los míticos alemanes Amon Dull II, una formación formada por hippies sexagenarios, que nos daría toda una lección de psicodelia avanzada. Sus maneras y formas no serían las propias de los imberbes modernos que han crecido mamando de la teta lisérgica, lo suyo sería un discurso propio de quienes pusieron las bases para aunar drogas con música, espíritu libre con harmonías. Nos enamorarían de esta manera, mostrándose canallas y resabiados, sabedores del verdadero sentido que lleva tras de sí la experimentación.

Los cabezas de cartel en cualquier caso serían los Horrors ingleses, un conjunto que está acostumbrado a jugar en ligas superiores en su país, pero que es nuestra península aún no ha conseguido la repercusión deseada. Su propuesta entraría divinamente en medio de una segunda noche en la que los tiempos pesados de la primera vuelta, habían sido sustituidos por aires más poppis y envolventes. De esta manera la contundencia estudiada con la que desplegaron los Horrores, nos resultó francamente satisfactoria.

Nos despediríamos por este año con la nueva lección de psicodelia de los Electric Moon, quienes volverían a mostrar lo bien que se entienden sobre las tablas, luciendo como si de una pareja de baile psicotrópica se tratase. Un maravilloso tripi musicado en el que la noche
tornaba perfecta, para zambullirse en los evasivos tiempos que clavaban los familiares instrumentistas. Elegante manera de decir hasta luego, a uno de nuestros festivales favoritos de la temporada.

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