Garagedays + Sister Sin + U.D.O. – Estocolmo (Sala Klubben 23-4-15)

Antes de Helloween y Barricada, antes de Anthrax y W.A.S.P. y, desde luego, antes de Blind Guardian y Biohazard, había un grupo al cual valoraba por encima de todos los demás. Se llamaban Accept o, como decíamos de chavales, Ácep. La historia comenzó en el momento en el que un coleguita (Pablo Carreño, gracias), me puso un disco de su hermano mayor. Tendríamos poco más de diez años, pero una vez que «Restless and Wild» arrancó a su manera tan característica, ya nada fue igual. Sin embargo, así como a Kreator, Slayer o Megadeth los he podido ver en un buen número de festivales, lo cierto es que del bueno de Udo Dirkschneider me desentendí por completo una vez que opté por el HC/punk como subcultura. Hasta hace un par de noches.

Primero tuvimos a Garagedays, un joven cuarteto no precisamente garajero. En fin, tal vez sea un simple guiño al disco de Metallica. No estuvieron mal, aunque parece ser un combo concebido para el lucimiento de su guitarra solista, el cual marca la diferencia. Si se me permite el comentario socarrón, no tenían muy buena presencia… pero qué esperar de una banda que firma temas como «Montón de mierda», o que dice ser «100% nasty crew».

Sister Sin llevan más de una década en activo y, metidos en una gira interminable (al parecer, ya llevaban siete semanas en la carretera), dijeron agradecer el volver a casa. El cuarteto de Gotemburgo cumplió en una descarga sin altibajos, ya se tratara de material de su último trabajo («Black Lotus», curiosamente en Victory Records) o de piezas más antiguas. A mí personalmente tampoco me dijeron demasiado, aunque supongo que sus seguidores agradecerían la afabilidad de su vocalista, la vegetariana Liv Jagrell, a la hora de sacarse fotos con quienquiera que se lo pidiera. Ah, y no molan los nombres medio sensacionalistas… vamos, como Tokyo Sex Destruction, por poner otro ejemplo.

Antes de que U.D.O. se subieran al escenario no pude evitar pensar en que parecía que estábamos en los ochenta: desde prendas de Manowar de esas de «Muerte al falso metal» a cortes de pelo que ponen en peligro la capa de ozono. Por otro lado, me agradó ver una camiseta de Helix (un grupo del que no tenía la menor constancia desde que mi vecino y yo intercambiáramos cintas durante nuestros años de formación), o que un servidor no fuera el único asistente que jamás haya pisado un gimnasio. Así las cosas, en este género todo sigue igual, para bien o para mal. No obstante, momentos Spinal Tap los hay en todos ellos, lo que pasa es que, mientras que algunos heavies se saben reír de sí mismos (Gigatron, Dream Evil o El Reno Renardo), lo más parecido que se ha visto en el hardcore vendrían a ser Good Clean Fun. Si volvemos al concierto en sí, podríamos decir que U.D.O. presentaban «Decadent», un disco que puede que contenga crítica social o no. Me hizo ilusión ver a Udo sobre las tablas a sus 63 años y ver que mantenía su primordial seña de identidad, esa garganta ultrametálica. Vejez al margen, cuando abre los ojos el señor tiene una expresión de lo más lúcida. En cuanto al resto de la formación, eran unos risueños jovenzuelos, de hecho resultó que el batería es Dirkschneider Jr. Durante hora y media ofrecieron temas sólidos sobre corazones de metal, ser irrompible (los hardcoretas Have Heart también tenían un corte llamado «The Unbreakable», ¡eh!) y demás lugares comunes. Acto seguido, y para que la espera mereciera la pena, se despidieron con «I’m a Rebel», «Fast as a Shark» y «Balls to the Wall», y ya no cabía queja alguna. También sorprende que, cuando Udo no canta, su rictus admita dos interpretaciones: una, que está algo cascado, y la otra, que está aturdido de tanto metal. Con toda seguridad, se trata de lo segundo.

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