Hoy en ‘Películas tan raras que apenas existen’: El sonido prehistórico (aka El sonido de la muerte, 1965)

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Director: José Antonio Nieves Conde.
Guión: José Antonio Nieves Conde, Sam X. Abarbanel, Gregorio Sacristán, Greg C. Tallas.
Fotografía: Manuel Berenguer.
Música: Luís de Pablo.
Duración: 76 minutos.
Nacionalidad: España.

Intérpretes: Arturo Fernández, Soledad Miranda, José Bódalo, Antonio Casas, Ingrid Pitt, Lola Gaos, James Philbrook.

Sinopsis: buscando un tesoro en Grecia, unos arqueólogos volarán con dinamita una cueva, despertando a un monstruo con capacidad de hacerse invisible que permanecía allí en un letargo de milenios. La partida de arqueólogos se encontrará con un grupo de aventureros que también llevan buscando el tesoro mucho tiempo, pero pronto tendrán que unir fuerzas para enfrentarse a la amenaza invisible que les acosa sin tregua…

«El Sonido Prehistórico», también conocida como «El sonido de la muerte» es una rara avis de nuestra cinematografía por varias razones, la primera porque se trata no sólo de la primera monster movie rodada en España, siguiendo los esquemas de las películas norteamericanas de los años cincuenta, sino porque además es una de las primeras películas de terror del cine español (el boom del «fantaterror» vendría a partir de 1968, si bien ya teníamos a gente como Jesús Franco trabajando en el género).

La película fue un encargo realizado por un grupo financiero americano, que debía aprovechar un pequeño presupuesto remanente de la superproducción rodada en nuestro país «La batalla de las Ardenas» («The Battle of the Bulge», 1965) de Ken Annakin; el encargo recayó en el director Antonio Nieves Conde, que si bien se había destacado por sus películas de corte realista («neorrealismo español» dicen algunos), aceptó de buen grado el trabajo logrando un producto muy eficaz, totalmente inspirado en las películas de monstruos americanas de los años cincuenta y adaptando sus esquemas, esto es, contando en glorioso blanco y negro cómo un grupo numeroso acosado por una amenaza que no sabemos muy bien qué es queda atrapado en un sitio totalmente aislado, a la manera de «La Cosa, el enigma de otro mundo» («The Thing from Another World», 1951, Christian Nyby). La falta de presupuesto, algo bastante evidente ya que toda la acción se desarrolla en tan sólo dos escenarios (la cueva y la casa donde se refugian, rodados en los estudios que Samuel Bronston tenía por aquel entonces en nuestro país) no supone un gran problema para el director, que rueda con eficacia una simpática trama gracias a un guión bien construido y sobre todo a la solvencia de los actores, de los que se puede decir que esta película contiene el cast más delirante de la historia del cine; por un lado tenemos al gran Arturo Fernández haciendo su habitual papel de galán conquistador de chavalas, siendo esta vez su víctima Soledad Miranda, la malograda actriz sevillana que pocos años después se convertiría en musa de Jesús Franco al rodar con él títulos emblemáticos como «El Conde Drácula», «Vampyros Lesbos», «She Killed in Ecstasy» o «El Diablo vino de Akasawa» antes de fallecer en un accidente de automóvil. También tenemos en la película a la futura diosa de la Hammer, Ingrid Pitt, actriz británica de origen polaco que empezó su carrera cinematográfica haciendo breves papelitos en nuestro país, siendo éste su primer papel con frase en una película. Después daría el salto a las islas protagonizando «The Vampire Lovers» y «La Condesa Drácula» para la Hammer Films y adquiriendo fama mundial (y resulta curioso el desarrollo «vampírico» que tendrían las carreras de ambas actrices…). Todos están secundados por grandes actores del teatro español, nada menos que por José Bódalo, Antonio Casas y Lola Gaos, que para ser una película aparentemente alimenticia se toman muy en serio sus papeles, dándonos todo un recital interpretativo.

Igualmente, la falta de recursos (o la vergüenza, digámoslo claro) puede hacer pensar que fue la causante de que optaran por hacer al monstruo invisible, y seguramente así fuera, pero la verdad es que esa decisión dota a la trama de una tensión muy conseguida, y además nos recuerda al monstruo de «Planeta Prohibido» («Forbidden Plane»t, 1956, Fred M. Wilcox), lo cual nos encanta.

En definitiva se trata de una película bastante rara en nuestra filmografía, por cuanto de poco habitual tenía; uno de esos raros casos en los que un encargo alimenticio si cae en buenas manos puede convertirse en un producto de lo más digno, y con un reparto sencillamente irrepetible.

También es bastante rara de ver, por supuesto no tiene edición en nuestro país aunque sí cuenta con edición en DVD en Estados Unidos por parte de Alpha Video, edición bastante nefasta que no recomiendo (parece un simple transfer de una copia de otra copia de VHS, en la que los rostros de los actores ni siquiera se distinguen). Servidor pudo hacerse con una buena copia de un pase que hizo TVE en los ochenta, pero seguiremos poniendo una velita a Santa Soledad Miranda para que alguien por fin se decida a editar el cine de género patrio como Dios manda. Seguiremos esperando.

 


Arturo Fernández, Soledad Miranda e Ingrid Pitt, power trío psychotrónico.

 


En este fotocromo yanqui, Ingrid Pitt y Soledad Miranda interpretan un baile que no sale en la película. Debieron pasarlo bien en el rodaje.

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