Hoy en ‘Películas tan raras que apenas existen’: Carga maldita (1977)

Director: William Friedkin.
Guión: Walon Green, basado en la novela «Le Salaire de la peur» de Georges Arnaud.
Fotografía: John M. Stephens, Dick Bush.
Música: Tangerine Dream.
Duración: 121 minutos.
Título original: Sorcerer

Intérpretes: Roy Scheider, Francisco Rabal, Bruno Cremer, Amidou, Ramón Bieri.

Sinopsis: el destino lleva a un asesino a sueldo, a un terrorista palestino, a un banquero corrupto y a un gangster de poca monta a parar a Porvenir, un remoto  pueblecito en algún lugar de Sudamérica donde deben esconderse si quieren salvar sus vidas. La economía del lugar depende de una compañía petrolífera que explota el lugar con mano de hierro, y los protagonistas sobreviven a duras penas con unos salarios ínfimos. Cuando el pozo petrolífero explota por un acto terrorista, los dueños de la compañía descubren que la única forma de apagar las llamas es volando los pozos con dinamita, pero la única dinamita disponible en tan remoto lugar se encuentra a trescientos kilómetros de los pozos. Por si fuera poco los explosivos se almacenaron mal y los cartuchos exudan nitroglicerina, con lo que su transporte se convierte en una tarea prácticamente suicida, ya que al mínimo golpe o vibración puede explotar. Aún así los cuatro protagonistas hartos de vivir en ese infierno se ofrecen voluntarios para transportarla en dos camiones a través de trescientos kilómetros de selva a cambio de dinero y pasaportes nuevos que les permitan abandonar el país…

«Sorcerer» no es una película especialmente rara ni difícil de ver, pero sí es una peli maldita, muy maldita. Para empezar William Friedkin buscaba realizar una película sencillita, después del complicado rodaje de «El Exorcista» con la que reventó las taquillas de todo el mundo y creando un auténtico fenómeno social. Para ello decidió adaptar una novela francesa de 1950, «Le Salaire de la peur» de Georges Arnaud, novela que ya había conocido una estupenda adaptación con el mismo título y protagonizada por Yves Montand. Lo que no se imaginaba Friedkin es que se iba a convertir en el rodaje más complicado de su vida, alargándose por más de diez meses y que iba a costar más de 22 millones de dólares de la época. Aunque quizá debería haberlo imaginado dados los complicadísimos efectos especiales que iba a usar y que el rodaje se iba a hacer en su totalidad en varios países sudamericanos, principalmente la República Dominicana. Las malas lenguas dicen que Friedkin veía en Coppola a su principal competidor, y si Coppola se fue Filipinas a rodar «Apocalypse Now», él no iba a ser menos y se fue a Sudamérica.

El rodaje fue un caos desde el principio, los actores caían enfermos de malaria o de cualquier enfermedad tropical, eso cuando no eran arrestados por las autoridades locales por posesión de drogas (esos maravillosos setentas…). Roy Scheider llegó a decir que comparado con «Sorcerer», el rodaje de «Tiburón» fue un picnic. Pero así como «Tiburón» padeció de un rodaje igualmente infernal para luego convertirse en una de las películas más taquilleras de la historia, «Sorcerer» fue prácticamente ignorada casi desde que se estrenó. La recaudación de la taquilla no llegó ni de lejos a recuperar los costes del rodaje, siendo uno de los desastres financieros más sonados de la década (todavía estaba por venir el de «La Puerta del Cielo» de Michael Cimino). Friedkin lo achaca a que fue estrenada a la vez que «Star Wars» y que eso causó el desastre (y hay quien ve en eso una especie de final del llamado «Nuevo Hollywood» y el principio de la era orientada a los blockbusters).

Y fue una pena, porque Sorcerer es una película estupenda. No tan redonda como «French Connection» ni «The Exorcist» pero desde luego muy disfrutable. Contiene escenas inolvidables como el paso de los camiones a través de un puente de tablas que está a punto de desintegrarse (esa es la escena que engulló la mayor parte del presupuesto, ya que requirió de los que posiblemente fueran los efectos mecánicos más complejos hasta el momento, además de la mala suerte que acompañó al rodaje desde el primer momento: el puente fue construido sobre un río en la República Dominicana, costó un millón de dólares y tres meses construirlo, y cuando terminaron de hacerlo el río se secó por completo ante el asombro de todo el mundo, teniendo que volver a rehacerlo esta vez en México para mayor seguridad.

Pero a servidor la escena que más le impactó es la huída del banquero francés. Bruno Cremer (en su primera película para Hollywood) interpreta a un banquero de París imputado por un delito de desfalco, y cuando pide ayuda al grupo financiero que le respaldaba le es denegada. Así que pide al hijo del dueño (al que nunca vemos) de tal grupo financiero para que interceda por él, y el hijo, antes siquiera de hablar con su padre, decide volarse la tapa de los sesos, dejándonos bien claro el terror que infunden los dueños de las altas finanzas. Bruno Cremer al ver la situación huye de París, corriendo, literalmente, con lo puesto, dejando a su mujer abandonada en un restaurante sin que siquiera intuya lo más mínimo. Anteriormente hemos presenciado las huídas de un asesino a sueldo, de un terrorista palestino que ha cometido un gran atentado en Jerusalén y que debe salir por piernas antes de que la población enfurecida lo ahorque in situ, de un gangster de medio pelo que ha disparado al hermano de un jefe de la mafia al que ponen precio a su cabeza, pero ninguno da tanto miedo como el banquero al que nunca vemos, Friedkin consigue transmitir maravillosamente el terror que infunde la auténtica mafia, esto es, los bancos.

Real como la vida misma.

Otra escena memorable es la alucinación que sufre Roy Scheider casi al final, cuando se pierde con el camión en el desierto, rodado en los increíbles parajes del desierto de Bisti/De-Na-Zin, en Nuevo México. Por cierto, Sorcerer (Hechicero) es el nombre de uno de los dos camiones que transportan la dinamita (el otro es Lazarus), nombre que Friedkin eligió para la película por el parecido con su anterior y exitoso film, «El Exorcista». Y no es lo único que tienen en común ambas películas; si nos fijamos bien veremos al demonio Pazuzu (el que poseía a Regan) pintado en uno de los camiones. Si lo hizo Friedkin para invocar a la suerte, esta vez no le funcionó.

Destacan también las interpretaciones de los protagonista, igual que en sus dos películas anteriores William Friedkin reunió un reparto internacional muy solvente, encabezado por el siempre efectivo Roy Scheider (aunque uno no puede evitar pensar qué hubiera sido de la película de haber aceptado el papel Steve McQueen, Clint Eastwood o Robert Mitchum, que fueron las primeras opciones del director, pero todos declinaron la oferta), el francés Bruno Cremer, que está estupendo en su primer papel internacional o nuestro Paco Rabal, que literalmente borda el papel de asesino a sueldo machote y elegantón. Paco Rabal siempre se lamentó, por cierto, que cuando al fin consiguió su sueño que era rodar para Hollywood, jamás llegara a pisar Hollywood porque todo el rodaje se efectuó en Sudamérica.

Otro de los puntos fuertes de la película es su inquietante banda sonora, obra del grupo alemán de rock progresivo Tangerine Dream, de los que Friedkin llegó a decir que de haberlos conocido antes les hubiera encargado a ellos la banda sonora de «El Exorcista» por los ambientes tan tenebrosos que lograron con la música de «Sorcerer».

Pese a todo la película no puede evitar arrastrar ciertos tics que tienen más que ver con la época en que se rodó que otra cosa, como el malrollismo excesivo que impregna toda la cinta o ese final, que ciertamente se ve venir casi desde el comienzo de la película a nada que uno conozca un poquito el sentir de la generación de cineastas que se conoció como «El Nuevo Hollywood». Aún así se trata de una película muy disfrutable que bien merece una nueva oportunidad, como así parece que está pasando a raíz de su restauración supervisada por el propio Friedkin, y presentada con todos los honores en el festival de Cannes del 2013 y en Sitges en el 2014, que está dotando a la película de una nueva vida.

Como colofón decir que ese mítico personaje que, empapado en LSD, se dedicaba a cambiarle los títulos a las películas cuando se estrenaban en España por los títulos más absurdos que se le podían ocurrir (todos recordamos el caso de «Animal House», retitulada en su estreno español como «Desmadre a la americana», o el de «Die Hard» por «La Jungla de Cristal», y tantos y tantos…) esta vez acertó a la hora de cambiarle el nombre a la película por el de «Carga Maldita». Profético.

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