1988, el año clave de los Big Four (primera parte)

Hace ya algunos meses, mi compañero de página Luis V. nos introducía en los pormenores que llevaron a la consolidación de un género tan controvertido como el Death Metal. A lo largo de un estupendo artículo dividido en dos partes, mi buen amigo fijaba el momento clave en el año 1989 con la publicación de «Altars of Madness» de Morbid Angel (para saber más podéis consultar la primera y segunda partes del citado artículo).

Pero… ¿de dónde surgió todo aquello? Como complemento a aquellos ya históricos escritos se me ocurrió completar la instantánea del Metal a finales de los años 80 y fijar la mirada en la generación inmediatamente anterior, aquella que había sentado las bases de las corrientes más extremas que acabarían por explotar poco después.

Aunque para una publicación como Metal Hammer, 1984 fue el año que marcó el punto de inflexión para el género del Heavy Metal en general (recientemente dedicó un número al citado año) y a pesar de que discos considerados clave como «Reign in Blood» o «Master of Puppets» son anteriores, faltaba consolidar el Thrash como estilo, aunque fuera a nivel comercial, algo que ocurriría a nuestro modo de ver en 1988. Existían ya las bases y los nombres de referencia, pero faltaba que el Thrash tomase definitivamente carta de naturaleza.

El Thrash Metal (por aquel entonces el término todavía coexistía en la prensa metálica más o menos como sinónimo de Speed Metal), estaba en plena ebullición. Ya entonces habían despuntado los que serían los cabezas del género, un cuarteto de bandas que pasarían a la historia con el nombre de «Big Four», los cuatro grandes. La camaradería entre dos de ellos, Anthrax y Metallica, era patente, pero también son antológicos los enfrentamientos entre Dave Mustaine de Megadeth con casi todos los demás, especialmente con Metallica, quienes en la prehistoria del grupo le habían expulsado de la formación, pero incluyendo también en sus ataques por ejemplo a Slayer durante toda la gira de «Clash of the Titans».

Pero dejemos a un lado las rencillas -todavía sin cerrar del todo por cierto- para centrarnos en aquella escena. A la estela de los Big Four surgieron toda una serie de bandas «segundonas», aunque personalmente no me gusta mucho el término porque grupos como Testament o Sacred Reich por ejemplo no les iban muy a la zaga para mi gusto. Al menos en aquellos momentos previos a 1988, porque aquel como decimos fue el año que marcó un antes y un después en el Thrash Metal. Porque en 1988 se editaron «So Far, So Good… So What!», «South of Heaven», «…And Justice For All» y «State of Euphoria», cuatro discos que demostraban que en 1988 el Thrash era la tendencia imperante dentro del mundo del Metal.

Megadeth golpean primero: «So Far, So Good… So What!»

La corona de mejor banda del estilo comenzó a disputarse en enero de aquel año con la edición de «So Far, So Good… So What!». El tercer álbum de Megadeth presentaba las mejores composiciones de Dave Mustaine hasta el momento, destacando irónicamente la versión de «Anarchy In The U.K.» que fue elegida como single y cuyo video pudimos ver incluso en la televisión de un cutre país como el que vivimos. El disco se iniciaba con la instrumental «Into The Lungs Of Hell», que a día de hoy todavía me pone los pelos de punta, e incluía clásicos como «Mary Jane» o «In My Darkest Hour» (años después Mustaine comentaría que escribió este último tema al enterarse de la muerte de Cliff Burton) en un disco que no tenía desperdicio alguno. Mustaine se lo estaba poniendo difícil a sus competidores.

Slayer disminuyen las revoluciones: «South of Heaven»

A mediados de año, en julio, Slayer lanzaban «South of Heaven». Con un sonido a menos revoluciones que su ya entonces angular «Reign in Blood», aquí podemos encontrar algunos de los clásicos de la banda que todavía permanecen en el repertorio de directo de Slayer, como el propio «South of Heaven» o «Mandatory Suicide». Algunos fans no entendieron esta «suavización» de Slayer tras la bestialidad de «Reign in Blood», pero la banda consiguió algunos temas que bien podrían haber competido en gancho popular con otras bandas más accesibles, como por ejemplo esa joya que para mí es «Behind the Crooked Cross». Fallido o no, y que quede claro que yo no soy de la primera opinión, «South of Heaven» forma parte de la trilogía fundamental de Slayer y hay al menos que reconocerle su intento por avanzar en un sonido que ya empezaba a ser demasiado imitado.

Metallica en la encrucijada: «…And Justice For All»

Fueron Metallica los siguientes en mover pieza. Tras la desgraciada muerte de Cliff Burton un par de años antes, la banda había reclutado al semi desconocido Jason Newsted, bajista y compositor de Flotsam and Jetsam. Con un estilo bastante distante del de Burton, Newsted convenció a Ulrich, Hetfield y Hammett en su audición gracias a conocerse a la perfección los temas de la banda (cuenta la leyenda que se aprendió todo el catálogo de la banda en apenas una semana). Tras el divertimento que supuso el delicioso «$5.98 EP – Garage Days Re-Revisited» y la posterior mini gira de presentación, Metallica se vieron lo suficientemente ensamblados como para entrar a un estudio de verdad y registrar su siguiente obra. Dejando a un lado en un principio a Flemming Rasmussen, la banda contrató al por entonces productor de moda Mike Clink, quien venía de producir el multiplatino debut de Guns N’ Roses. De aquellas sesiones solo quedarían algunas caras B y algunas pistas de batería porque Metallica decidieron echar mano de nuevo de Rasmussen (la versión oficial es que en el momento de entrar a grabar, como el danés estaba ocupado con otra producción, Mike Clink fue contratado solo de manera temporal). Pero a pesar de volver con su productor de siempre, «…And Justice For All», editado a finales de agosto de 1988, es el álbum de la banda con peor sonido de lejos. El bajo del pobre Newsted apenas es audible en unas mezclas en las que parece que metió demasiada mano Lars Ulrich, con el resultado de un sonido de batería que podríamos calificar de horrendo siendo amables. Tampoco ayudó demasiado la duración de las canciones, en las que abundaban complicados cambios de ritmo muy exigentes para la banda, sobre todo al llevarlos al directo. No es que Metallica fueran un grupo de canciones de dos minutos y medio, pero en «…And Justice For All» la duración media rondaba los siete minutos y pico, algo que con el tiempo ha provocado que el álbum sea conocido como el disco «progresivo» de Metallica. Pero no se puede negar que el álbum aún así tenía pegada y que «One» es probablemente el tema más conocido de la banda (si exceptuamos «Enter Sandman», pero eso todavía no toca).

Anthrax se rezagan: «State of Euphoria»

Unas pocas semanas más tarde, en septiembre, Anthrax lanzarían «State of Euphoria». En este disco se consolidaba el sonido clásico de los de Brooklyn, creando una inspirada obra en la que sobresalía especialmente el clásico de Trust «Antisocial», aunque los temas propios como «Make Me Laugh» o «Who Cares Wins» por citar dos ejemplos acabarían asentándose como fundamentales de esta primera etapa de la banda. «State of Euphoria» se convertía así en la obra que cerraba el año clave de los Big Four, dejando las espadas en alto y el liderazgo del Thrash Metal todavía por dirimir.

Podríamos decir que, con la edición de estos cuatro discos, el Thrash estaba ya tras 1988 completamente consolidado, siendo el estilo más puntero dentro del Heavy Metal y con multitud de bandas subiéndose al carro, imitando a los cuatro popes o simplemente desarrollando una carrera a la sombra de estos. Surgirían ejemplos interesantes aunque ninguno con la repercusión que sí alcanzaron Metallica, Megadeth, Slayer o Anthrax. Cada aficionado tenía sus preferidos e incluso parecía que había que tomar partido por una banda en concreto para encabezar el estilo. Pero hacia 1989 eran si acaso Slayer y Metallica los que parecían destacar en cuanto a repercusión popular. La batalla entraba en el período de guerra fría. Pero de eso hablaremos en un próximo artículo

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