‘Viaje al fin de la noche’ de Louis-Ferdinand Céline

«Me faltan algunos odios todavía, estoy seguro de que existen»

Louis-Ferdinand Céline

El viaje comienza con el estilo jovial de Céline, un tono humorístico y cercano demasiado descarado para la literatura de la época. Un tono, al mismo tiempo, de colega joven y pasota, pero cuya acidez pasada por el tamiz de ese carácter francés, adquiere también un punto dulce. Sin embargo, lo grande de este libro es que no se queda en un registro monótono, sino que, como las grandes obras, pasa del humor a la amargura con la misma naturalidad con la que en la vida se suceden los hechos que nos producen estas emociones. Por una decisión estúpida, inconsciente, el protagonista se ve metido en la noche negra de la Guerra Mundial. Y ahí, donde acaba la vida y empieza la muerte, en el relato del

crimen atroz, en el relato de la fealdad humana, el autor acomete la maravilla de iniciarnos a un viaje descomunal e inesperado por el lector.

Lo más jodido es que todo el relato de «Viaje al fin de la noche» es un testimonio de la vida de Louis-Ferdinand, cuyo trasunto en la novela es Ferdinand Bardamu. Sin embargo, lejos de ser una biografía, un texto documental, «Viaje al fin de la noche» es pura novela, donde todos los hechos, los personajes o los escenarios están cuidadosamente escogidos y puestos al servicio de un relato nihilista de las pasiones más bajas del ser humano. El efecto negativo para el autor podría ser que el lector viera, en esta presentación vil de las personas en general, un retrato, más bien, de la mezquindad del propio escritor.

Muchos han denostado a Céline por su antisemitismo y lo han acusado de filonazi, pero su obra, escrita antes de que tuvieran lugar estas desviaciones, está muy por encima de esta circunstancia.

«Viaje al fin de la noche» da lugar a una nueva literatura en el siglo XX, pasando del realismo al realismo sucio e inspirando a una serie de escritores a construir sus relatos partiendo de lo más auténtico que tienen: la propia experiencia. Su inquietante y magnético título inspiró, además, uno de los mejores temas de The Doors: «End of the night».

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