De rojos y hombres

Cualquiera que se sube a un escenario es objeto de la opinión del público, de la prensa, de sus amigos, familia… de todo el que tenga una boca, vaya. En eso se basa en gran parte nuestra labor: en opinar sobre lanzamientos discográficos y actuaciones en vivo. Y de la misma manera, nosotros como representantes de un medio escrito podemos ser objeto de crítica y chanza por lo que expresamos en un foro público. Es algo que va con el cargo, como diría aquel, por lo que se asume como una parte más de nuestra labor.

Además es inevitable que, más tarde o más temprano, topemos con un lector airado que se crea en la obligación de defender incluso hasta con los puños sus opiniones. Porque, no nos engañemos, aquí de palmaditas en la espalda poco. Lo que abunda suele ser el intento despiadado de destrozar al contrincante -en este caso el redactor de turno- por parte de ese tipo de justicieros de la red que, en el 99% de los casos, lo hacen aprovechando el anonimato que permite el medio. Algunos son graciosos, la mayoría lamentables y de vez en cuando hasta se cuela alguno inteligente. Pero lo que tengo claro es que esa máxima de «todas las opiniones son respetables» es un gran mojón: hay gente que merecería tener limitado el acceso a un teclado (y, si se quiere, se puede también incluir aquí a algunos colaboradores de medios musicales, que no estoy escurriendo el bulto).

La política de esta web siempre ha sido la de aprobar todos los mensajes dejados en nuestros artículos mientras cumplan unas normas mínimas. A veces incluso hemos aprobado mensajes claramente insultantes, simplemente porque creemos que califican de forma inequívoca al que los deja. Podría ponerme a enumerar todas las polémicas que se han generado a lo largo de los años, todas las amenazas, los insultos o incluso las opiniones sobre la vida personal de algunos de nosotros vertidas por personas que ni siquiera han tenido el gusto de ver ni una triste foto nuestra en el Instagram. Yo en concreto he sufrido ataques que han llegado a rozar el delito y tal vez algún día hable de la persona que, de cara a la galería, dijo asumir una mala crítica pero que cuando en su perfil de Facebook la cosa se salió de madre con insultos, amenazas de enviar matones a la puerta de mi casa para romperme las piernas y demás majaderías, no tuvo el detalle de pararles los pies a tan maduros y reflexivos coleguitas. El resultado fue que yo quedé como un auténtico cabrón con pintas que tenía algo personal contra el susodicho, todo un caballero por aceptar tan «deportivamente» la crítica. La historia es mucho más larga, así que me la reservaré para cuando haya que tirar de la manta. Pero volviendo al tema, debo decir que uno no puede ni debe caer bien a todo el mundo y que todos podemos equivocarnos, así que mientras se haga con respeto, hay que saber encajar cualquier crítica.

¿Y a qué viene todo esto? Seguro que os lo estaréis preguntando muchos. La respuesta es sencilla: durante los últimos días hemos estado recibiendo mensajes de un lector que opina que la crítica de cierto disco es bastante desacertada (él no lo expresa así, obviamente). Los primeros los aprobamos, a pesar de que el tono era bastante insultante y que nos acusaba, así en general, de no tener la más mínima idea de lo que hablábamos. Pero cuando la cosa se puso ya cansina, con mensajes del tipo «si queréis guerra la vais a tener», decidí no seguir jugando a su juego. En primer lugar porque el asunto ya no tenía que ver con una crítica más o menos afortunada. En segundo lugar, y este es el motivo más importante, porque esta vez el ataque no iba dirigido -como suele ser habitual, debo de ser muy polémico- hacia mí directamente, sino hacia uno de mis colaboradores. Puedo aguantar ataques personales y nunca he tenido reparos en aprobar ese tipo de mensajes cuando van dirigidos contra mí, pero no creo que deba hacer lo mismo con mis colaboradores porque pueden llegar a pensar, con razón, que permito que les falten al respeto. Y esa es es la razón que se esconde tras todo esto, ni más ni menos.

¿Qué ha ocurrido después? Pues que este ser intelectualmente superior nos ha acusado de «rojos» en sentido peyorativo (o algo similar, no recuerdo exactamente la expresión), de ejercer la censura (supongo que con razón), de ser en definitiva, y aquí cito textualmente, «herederos directos de Robespierre, Franco y Jomeini» mientras nos anima a seguir así ya que «pronto van a cambiar las cosas en este país, y a lo mejor resulta que sois vosotros los que tenéis que aguantaros como me aguanto yo ahora».

Me parecería una tontería más de un pretencioso aspirante a escritor si no fuera por otros comentarios que más bien suenan a amenazas veladas, como el de «Hala, adiós, hombres (lo de «hombres» es un decir, porque entre hombres se dicen las cosas claras y sin miedo, y no se tiene pánico de la opinión ajena)».

Sí, querido amigo Emilio -tú al menos firmas con nombre y apellidos-, si ser un hombre significa representar esas ideas que pareces defender y que desprenden un insoportable hedor a naftalina (y espero que sea solo una provocación), entonces yo no lo soy. Ahora, no puedo hablar por el resto de mis colaboradores, así que el día que nos retes a un duelo con florín igual alguno te toma la palabra.

Y para terminar me gustaría citar algo que figura en la cabecera del blog de nuestro protagonista de hoy: «Pero por favor no toquen mucho los cojones; aquí estamos entre personas mayores; los niños y los tontos que se vayan para otra parte, por favor, sabemos que es duro para ellos aguantarse de dar por saco, pero es que molestan».

PD: no insistas, no vas a volver a escribir para Rock and Roll Army.

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