El volumen de la música

Hace poco leía algo relacionado con la limitación del volumen de los iPods y lo irritante y frustrante que puede llegar a ser la escucha de determinados discos. Y es que es un hecho que la mayoría del público rockero prefiere escuchar la música a todo volumen y que no conciben la experiencia de otra manera. Pues bien, yo soy probablemente -como el dentista que prefiere el chicle con azúcar- de los pocos que, al menos si están cerca de la fuente sonora, prefieren escucharla a un volumen moderado. Ya veo a algunos queriendo quitarme el carné de rockero, pero como ya hace algún tiempo pregunté a los lectores en una red social, ¿es la sordera inevitable para aquellos que estamos en esto del Rock?

En mi caso personal eso es lo que parece, porque desde hace algunos años padezco acúfenos, eso que dicho en rockero se llama tinnitus o simplemente pitido constante. Por eso mi consumo de música mediante auriculares se reduce al mínimo, si acaso un par de horas de vez en cuando, cuando voy de viaje. Siempre he procurado tener cuidado al respecto, pero supongo que es inevitable cuando se asiste a demasiados conciertos y se tiene la mala costumbre de procurar verlos desde cerca. Además en ocasiones la experiencia alcanza niveles insoportables e incluso dolorosos, sobre todo cuando el grupo de turno se pasa con los agudos; seguro que más de uno y más de dos sabéis a qué me refiero. Durante una temporada en los conciertos intenté utilizar tapones, pero acababa siempre quitándomelos o simplemente me olvidaba de usarlos.

Sin embargo yo no pretendo lanzar una cruzada contra la música alta -a pesar de que sufro en silencio y a volumen infernal Radio Olé cuando le da por ahí a la tarada de mi vecina de al lado o cualquier mierda modernilla del vecino de dos plantas más arriba-, cada cuál debe hacer lo que estime oportuno. De hecho hay cierta música que exige escucharla al 11. Lo mío es una desgracia como otra cualquiera y ahora que me doy cuenta muy adecuada para el chiste fácil dedicándome a la crítica musical. Por eso he llegado a una solución de compromiso: como digo el uso de auriculares lo tengo casi desterrado de mi dieta musical, en casa escucho la música a un volumen que no me moleste al oído (y creedme, no es difícil que eso ocurra), pero en los conciertos, como sé de antemano que al final no me pondré los tapones, sigo actuando como siempre. Tal vez no sea el más rockero de mi barrio, pero a mí me vale.

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