‘La casa de empeños’ (‘Pawn Stars’)

‘La casa de empeños’ (‘Pawn Stars’)
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Ya tardábamos tiempo en dedicar esta sección a “La casa de empeños” (Xplora), uno de esos programas para los que el término “de culto” tal vez se quede corto gracias a la maravillosa TDT. En lo negativo, también hay que decir que la sobreexposición puede quemarlo tan rápidamente como a otros realities de temática similar de los que ya hablaremos en otra ocasión.

Las cuestión es que “Pawn Stars” (su título original), nos traslada a una casa de empeño en la ciudad del pecado, Las Vegas. El local es regentado por Richard Benjamin Harrison, apodado “Old man”, junto a su hijo Rick y su nieto Corey “Big Hoss”, que si tienen algo en común es su tendencia al sobrepeso extremo. Junto a la familia, y aunque puntualmente aparecen otros empleados de la casa, está Chumlee, amigo del alma de Big Hoss e igual de orondo que él. Cada uno tiene su cometido y puedes llegar a sospechar que los roles están tan perfectamente distribuidos entre los cuatro que no es de forma natural o casual precisamente, sino más bien algo hasta cierto punto guionizado. Porque el viejo responde al modelo de señor mayor que empieza a chochear y al que todos vacilan por sus batallitas y que incluso se queda dormido en horas de trabajo; Rick es el típico tío que te cae bien porque te descojonas con él y su naturalidad al tratar con los clientes (una de sus frases favoritas: “eso no va a pasar”, dicha cada vez que le piden cantidades de dinero exageradas); Big Hoss hace precisamente de perfecto hijo del jefe, impertinente chiquillo que quiere demostrar que sabe cuando en realidad no tiene ni puñetera idea de nada (antológico el día que pagó 200 dólares por un contrato de The Who que resultó ser un encarte de un disco); y Chumlee… Chumlee es Chumlee. Como dijo “Big Hoss”, “Chumlee es el tonto del pueblo; pero es mi tonto del pueblo”. Es imposible no encariñarse con semejante osito, un haragán de cabo a rabo que uno no sabe muy bien cómo ha llegado a encontrar cualquier tipo de empleo y a cobrar un sueldo, al que obligan a disparar todo tipo de armas sospechosas de mal funcionamiento y que se escaquea todo lo que puede de currar. Uno de sus momentos más destacados fue cuando el viejo le ordenó ir a su casa a recoger un collar y tardó cuatro horas en las que se dedicó a prepararse un sandwhich y ver tranquilamente la tele.

El hilo conductor de todos los episodios reside, evidentemente, en los objetos que personas anónimas llevan a la tienda para empeñar o vender. Está claro que para la serie se eligen los más esperpéticos, curiosos o valiosos, pero también parece igual de cierto que muchas de las personas que aparecen tienen más ganas de salir en el programa que de vender algo realmente. De hecho son bastantes los que se vuelven por donde han venido sin sacar un pavo. Y como la serie tiene su orígen en el Canal de Historia, textos sobreimpresionados nos explican curiosidades sobre algunos de los objetos y sus orígenes, para que además tenga cierto toque didáctico. Esto se acentúa con la presencia de expertos que los valoran y añaden profundidas a esos textos. Otra de las constantes en la serie es la compra de objetos hechos polvo, sobre todo vehículos, que luego mandan restaurar y que aportan tensión, ya que siempre tienen dudas de que el precio del arreglo compense luego con el precio de venta.

Realmente cuando me enganché a esta serie hace alrededor de un año me preguntaba qué era lo que me atraía de ella, pero ahora creo que es un clásico de la televisión de nuestro tiempo. Aunque lo dicho, prefiero mantener ese recuerdo en mi memoria que seguir viendo una y otra vez los mismos episodios.

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