Echo & The Bunnymen – Barcelona (Poble Espanyol, Primavera Sound 25-5-11)

Cinco años han pasado desde el último concierto de los Echo en la Ciudad Condal. Desde entonces el grupo postpunk ha editado un disco olvidable («The Fountain») y se ha reinventado como planta de reciclaje de su propio pasado, interpretando íntegramente primero su opera magna, «Ocean Rain», y ahora su disco debut, «Crocodiles» y el sucesor «Heaven Up Here» en un cómodo pack de dos por uno.

Lo que sobre el papel huele a callejón sin salida a nivel creativo, en directo se convierte en algo más grande. Echo & The Bunnymen desde hacía muchos años llevaban tocando el mismo setlist en sus conciertos, intercalando sus grandes éxitos con pinceladas de su trabajo más reciente. El repertorio actual en cambio huye de las elecciones previsibles, omitiendo el clásico «Killing Moon» o incluso «The Cutter» a favor de temas oscuros de sus inicios como «All I Want», «Stars Are Stars» o «Zimbo». Un repertorio no necesariamente diseñado para un festival, pero más interesante para el verdadero fan que la enésima reproducción de los «Greatest Hits».

No sólo el cancionero de los Bunnymen brilla por su oscuridad. El escenario está envuelto en camuflaje, al igual que los músicos, de esta manera replicando la estética que lucía el cuarteto a principios de los 80. La iluminación es escasa pero efectiva, la protagonista sin duda es la cantidad absurda de humo artificial que obstruye la visibilidad durante la mayoría del concierto.

El líder del conjunto, Ian McCullough, tampoco destaca por su buen rollo. Está en buena forma vocalmente hablando (a pesar del paquete entero que se fuma en los 90 minutos de concierto), pero como ya viene de ser habitual en él, se queja de todo: de las luces, del sonido, del calor, de cómo tocan los mercenarios que tiene a su disposición, hasta del tamaño de la toalla que le han puesto para secarse la cara. ¿Es su sentido de humor o realmente se ha convertido en un viejo cascarrabias? Sea como sea, a su asistente personal lo tiene contento. En repetidas ocasiones lo cita a su lado para humillarlo en público. A ver cuánto le dura el pobre chaval.

El otro superviviente de la formación original, el guitarrista Will Sergeant, se toma con filosofía los caprichos del divo McCullough, demasiado sumergido está en la creación de ruidos atmosféricos y efectos que tanto caracterizan el épico cancionero de Echo & The Bunnymen. Los cuatro músicos de alquiler en guitarra, bajo, batería y teclado cumplen correctamente, destacando ante todo el baterista que emula con soltura los ritmos tribales creados por el añorado Peter de Freitas, fallecido en un accidente de moto hace ya más de veinte años.

El público, sin embargo, poco se fija en estos detalles, ni le parece importar. Para la mayoría de asistentes el concierto de la leyenda de Liverpool pasa sin pena ni gloria. Salvo algunos pocos incondicionales, muchos han venido para lucir su bigotillo y sus gafas de pasta (no olvidemos que el Primavera Sound después del FIB es el festival por excelencia para los «modernillos») y con poca predisposición para sumergirse en el mundo gris de los de Liverpool.

A pesar la más que tímida insistencia del aforo, tras terminar el set oficial con «All I Want» de «Heaven Up Here», el sexteto vuelve al escenario para regalarnos dos de sus grandes éxitos ochenteros, «Bring On The Dancing Horses» y «Lips Like Sugar» así como el single que anunció su «comeback» en los noventa, «Nothing Lasts Forever». Esta vez no la intercalan con «Walk On The Wild Side» de Lou Reed, será por la restricción de tiempo. Por la misma razón la organización enseguida pincha música de fondo cuando los técnicos se ponen a afinar las guitarras para un segundo bis, de esta forma cortando el rollo y poniendo un final poco digno a una gran actuación de un grupo que en un mundo justo sería más grande que U2.

Esperamos volver a ver a Echo & The Bunnymen en una sala de medio aforo, ante más incondicionales y menos peatones festivaleros.

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