Bellrays – Sevilla (Sala Malandar 8-11-2010)

Llenazo absoluto (un logro teniendo en cuenta que se celebró un lunes) para ver a los de California en la versátil Sala Malandar, un recinto que no tendrá un tamaño espectacular, pero sí puede alardear de tener un sonido bastante mejor que el de otros lugares de más aforo. Estando desconectado de The Bellrays desde «Grand Fury» o «Let it Blast», en los últimos años, tras el lanzamiento de «Hard Sweet and Sticky» y saber de la colaboración de Lisa Kekaula con Basement Jaxx pensé que el camino a seguir por el conjunto iba a ser varar hacia un sonido más soul y limpio, acentuar el lado más bluesero y funky que les ha reportado en los últimos años poder aparecer en la televisión por cable. Un carajo. Ellos siguen a su aire, con una filosofía DIY que si bien no les estará reportando los beneficios que sí han obtenido otros compañeros de generación, les permite editar sin mucho control externo y aprovechando sobre todas las cosas Internet para ofrecer sus creaciones. Tanto cambio de discográfica me hace suponer una actitud bastante combativa a este respecto, y es que parecen el clásico grupo que sabe que la carretera es su mejor promoción, y lo que más les gusta.

Tal y como explican en su web, lo de The Bellrays consiste en coger todas las influencias del rock and roll y hacerlas suyas, sin pensar de forma predeterminada en el producto resultante y lo vendible que pueda ser. Con una cantante así se lo pueden permitir: Lisa Kekaula puede susurrar, llenar el escenario como una gran dama soul, pero también desgañitarse y tirarse por los suelos como cualquier frontman punk pasado de vueltas. Así son también sus discos, incluídos los últimos de los que desconfiaba, una amalgaba de estilos que sin embargo no chirrían unos con otros; no en vano llevan cerca de dos décadas cocinando este caldo vudú.

Nosotros, intimidados en principio por la presencia física – ese enorme pelo afro – de estos berracos, y con la sensación clara de que el asunto iba a estallar de un momento a otro. Y así fue: el grupo fue ganándose la complicidad de las primeras filas en los temas más «tranquilos» del comienzo para asegurar una respuesta explosiva al primer trallazo, que llegó al tercer o cuarto tema. A partir de ahí, el espíritu de los MC5 hizo el resto. Todos coreamos, bailamos, sudamos, saltamos, cada uno de los temas que se sucedían uno tras otro, sin apenas descanso. No me esperaba los cambios en la formación y me extrañó no ver salir a Tony Fate, pero se ve que es una cosa a la que no hay que darle mucha importancia. Tanto el nuevo bajista como el batería comulgan a la perfección con lo que Lisa y Bob Vennum (el cual toma ahora las riendas a las seis cuerdas) quieren ofrecer. Todos ellos aprovecharon la mínima para tener algún gesto o incluso bajarse al público y hacerlos participar de la fiesta. El batería no, por razones obvias, pero por la manera en que aporreaba el instrumento fue como si estuviese teniendo sexo con todos los presentes. Con temas como «Sister Disaster» o «Voodoo Train», por ejemplo, nos dejaron boca abajo.

En el primer bis decidieron bajar un poco las revoluciones y presentar otro tema más reciente (me van a perdonar que no controle los nombres, baste saber que su último álbum se llama Black Lightning, que es un nuevo pepino y que lo pueden conseguir aquí http://www.pledgemusic.com/projects/recordrelease), para terminar acabando a lo grande. Una vez más tuvieron que salir, y ya decidieron marcarse el «Highway to Hell» de AC/DC para poner el broche. Ahí, observando a todo el público corear el estribillo, se notaba perfectamente lo hambrienta que está esta ciudad de espectáculos de rock en condiciones. Extrañaría pues lo del anunciado cierre de la Sala Q, pero ahí entran otros factores que no voy a enumerar aquí.

Lástima lo de que fuese un lunes. En un día de fin de semana y con la cantidad de combustible que me habían inyectado los Bellrays, cualquiera vuelve a casa. No se los pierdan.

 

Fotografías tomadas, a duras penas, por Helenidad.

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