Cradle of Filth – «Darkly, Darkly, Venus Aversa» (Peaceville 2010)

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Recién publicado está «Darkly, Darkly, Venus Aversa», el noveno álbum de estudio de los británicos Cradle of Filth. Vaya por delante, a manera de aviso a los lectores, que el que representa la banda liderada por el «satanista de salón» (tengo que reconocer que el calificativo no es mío) de Dani Filth es precisamente el Metal que no me interesa, aunque como encargado en esta web de los contenidos metaleros, héte aquí que me he visto obligado a tragarme este despropósito hecho disco. Y no ha sido nada fácil, creedme. Realmente no entiendo cómo algo tan mediocre ha podido llegar tan lejos, sobre todo porque la broma hace mucho tiempo que dejó de tener gracia y sus pretendidamente aberrantes diseños sólo deben de escandalizar a las señoras mayores en el metro.

En cualquier caso esto no tendría la mayor de las importancias si la música fuera buena. Y personalmente «Darkly, Darkly, Venus Aversa» me parece cargante y enervante a partes iguales. Dice Dani Filth que este es su disco más rápido y brutal hasta la fecha. Me lo creo, porque entre sus delirios orquestrales que ponen los pelos de punta (y no precisamente de miedo) asoma entre otras cosas una batería que debe de ir a 200 por hora o voces que rozan el último lamento de un animal herido de muerte. No sé cuándo alguien decidió que se podía prescindir de cantar como un ser humano normal y no como si alguien con una traqueotomía forzase su garganta a fondo, o que la batería tenga que sonar únicamente como una ametralladora echando chispas, pero personalmente estos tópicos me parecen insufribles. Por no hablar de otro cliché de las tendencias más brutales, los logos ilegibles.

Igual estos detalles, que no por menos establecidos ya en ciertas tendencias metaleras dejan de resultar menos molestos, son precisamente los que atraen a sus seguidores, pero qué queréis que os diga, presentadme un estribillo bien construido, una buena melodía que se pueda tararear y la suficiente variedad compositiva como para que no parezca que un disco de once temas se convierta en una especie de canción única de una hora de duración y seré un hombre feliz.

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