U2 – 29 de Octubre Sevilla, Estadio olímpico

El jueves me subí a la azotea de mi casa y me puse un DVD de la última gira de U2. Un buen equipo de altavoces y la alegre circunstancia de que en el bloque de enfrente no
vive nadie por el momento (esta crisis…) me permitió poner el proyector apuntando contra el lateral de dicho bloque, recién pintado, servirme un buen bourbon y vivir un concierto de stadium rock como Dios manda.
Que no, que lo que hice fue ir al Estadio Olímpico a verlos. Lo otro lo hice con Depeche Mode cuando me enteré que cancelaban su concierto aquí. Y no fue mala idea. Lo que
de manera más bien torpe estoy dejando caer es que no hay gran diferencia. No, no son Madonna. Estoy seguro al 80% de que no hubo playback. Y es fácil que el fantástico
espectáculo de luces, el brillo de miles de dólares contra tu cara, te haga olvidar de que estás pasando la mayor parte del tiempo mirando una gran pantalla y de vez en cuando echando un vistazo al escenario para ver a unas figuras tamaño Madelman hacer movimientos ridículos que una vez amplificados en el pantallón se convierten en planos
orquestados de videoclip.
Pero hay que asumir eso, ellos no están tocando para tí. Están alimentando a la gran bestia. Sus movimientos y muecas son para las cámaras que les siguen en todo momento. Sus acordes y efectos de pedal no son para tí, son para el mounstro de millones de watios que los regurgitará contra tu cara transformados en una muralla sónica. Tu concierto es lo que estás viendo en esa gran obra de ingeniería que tienes a varias decenas de metros por encima del suelo. Tu concierto es un DVD proyectado en el mejor equipo que jamás vas a tener y cuyo alquiler por dos horas te ha costado 35, 70, 120 euros, depende de lo cercano que estuvieses de los Madelman.
En los 90 el tour ZooTv iba acompañado de cierta justificación teatral. U2 jugaban a ser el mayor espectáculo del mundo. Los dólars rebosaban por todos lados. Bono inventó una serie de personalidades teatrales alternativas al buen chico católico que le daban cierto toque irónico al asunto. Vamos a reirnos a la par que asumir todo el papelón de banda más grande del planeta. La exageración resultaba cómica. Había un punto de reirse de su propio público proyectando slogans de capitalismo hard por cada pantalla alternadas con imágenes pop y de denuncia política. Cuando imitaba las poses de Elvis en Desire no buscaba derretir a las fans, sino hacer una caricatura de todo el rollo fan.
Algo de eso también hubo el jueves. Lo de quedarse un poco con el personal. Bono le pide al público que ilumine el estadio con las luces de sus teléfonos móviles. Cuando está comenzando la canción y en medio de la algarabía provocada por esta, dice de manera apenas audible que ahora, los que estén suscritos a Amnistía Internacional que las apaguen en ese momento. El estadio, claro, no parecía un cielo estrellado sino un mar de bombillas. Él sabía perfectamente que pocas personas iban a apagarlas. A pesar de las ovaciones cada vez que pedía un aplauso por algún activista político secuestrado, o los mensajes a todo color, en la pantalla, congratulándose de la gran cantidad de medicamentos contra el sida que están funcionando en África… él sabe que la gente en realidad ha venido para corear su «One» y hacer los aullidos en «Elevation». Y yo creo que con condones les iría mejor en África que con medicamentos caducados del primer mundo, pero bueno, son U2 y tengo que sentirme mal por estar gastando una pasta en verlos en vez de correr y dar ese dinero para que se compren más medicamentos milagrosos de esos. Es como ir a confesarse a una gran iglesia evangelista con un presupuesto del cagarse. Es pop rock elevado a la categoría de orgía soul. Sí, Bono, cada vez que toco las palmas un niño muere en África, y cuanto más toco las palmas peor me siento.
Si lo piensas un poco, jode. Sabes que la famosa frase de «Piensa global, actúa local» no se aplica aquí. Bono, dicen, evade impuestos de Irlanda, y no creo que supervise personalmente si las miles de personas que trabajan para él cobran un sueldo digno o están asegurados, pero colabora en la construcción de hospitales en el quinto carajo y quiere asegurarse de que los niños del tercer mundo se ponen a leer en vez de pegar tiros. Piensa local (mi cartera), actúa global.
Ya sé qué es un poco tonto ponerse puntillosos con el tema benéfico cuando U2 han hecho alarde de causas humanitarias rollo wiardeworl desde el minuto cero. Me jode pero forma parte del paquete. Los fans que, despistados, hayan llegado a leer esto, dirán que me centre en la música, en su directo. Impecable el dominio de los tiempos, cuándo calentar al público cuando el tema es del montón y no un hitazo, el saber alternar los temas clásicos con los últimos singles, la expectación después del bis precedida de una obra de arte visual. Impresionante el trabajo de todo el equipo detrás del grupo. Artistas gráficos, ingenieros, técnicos de sonido (el sonido en alguna ocasión era como un gran pedo, sonoro y fuerte pero escasamente musical, pero son las carencias típicas de un recinto de esas características). Bono conserva su voz en una forma excelente y me dejó sorprendido cantando la parte de Pavarotti en «Miss Sarajevo». The Edge sigue sabiéndole sacar partido a un sostenido con kilos de efectos. Larry Mullen Jr (quien por cierto sufre el síndrome Michael J. Fox, sigue teniendo cara de niño pero miles de arrugas atraviesan su cara) golpea su instrumento con sobriedad y precisión y Adam Clayton sigue con su papel de nerd hortera con cara de fumeta que lo está pasando de puta madre.
El público. Había fans de U2 que también lo son de Shakira. Había gente que fueron a Héroes, fueron a Madonna, fueron a AC/DC, fueron a acompañar a la Macarena en la beatificación de no se qué monja (eso sí fue rockandroll) e irán a cualquier otra cosa que se organice en el estadio, «que está mu desaprovechao». Había gente con camisetas de U2 que no reconocían «Until the End of The World» o «Acrobat», ambas del Atchung Baby pero no salen en el Greatest Hits, pero… son U2 y «esto es una vez en la vidaaaa», etcétera. Y estaban los hardcore fans que odian a muerte a los anteriores, que manejan datos y cifras sobre cada una de las giras de U2, que sueltan frases llenas de watios, dólares, cantidad de personas, que tienen mil argumentos para rebatir cualquier crítica que se les haga al grupo.
También había gente como yo que disfrutaron con los temas que conocían, que con recelo se dejaron seducir por las luces, que mientras suene «New Year’s Day», qué más da. Los temas rockeros nuevos dan para pegar algún bote y los medios tiempos nuevos, para sentarse y apurar la cerveza. Y sorbo a sorbo, slogan a slogan, bis a bis, 80000 personas que se van a casa con la palabra «espectacular» en la boca. Y de eso se trata, de espectáculo. Caro, histriónico, grotesco, espectacular espectáculo.

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