Bilbao BBK Live 2010: 8-10 de julio, recinto de Kobetamendi

Está más que claro que el Bilbao BBK Live se está consolidando como uno de los festivales más importantes del norte de España. Surgido a rebufo de su hermano el Azkena Rock Festival, ya desde sus comienzos logró superar a éste en cuanto a público. Y eso a pesar de su errático cartel, ya que no estamos hablando de un festival como una identidad claramente definida, aunque quizás también en ello se encuentre parte de su acierto, al ser capaz de reunir a diferentes tipos de fans de la música. De momento, ya sea por fechas o por servir de puente perfecto entre San Fermín y el FIB, el público foráneo es bastante abundante, lo que le da un colorido especial.

Este año los tres días comenzaban con una jornada, la del jueves, claramente enfocada hacia el público más metálico, con Rammstein, Slayer y Skunk Anansie como principales reclamos.

Cuestiones prácticas y de agenda nos impidieron acudir a ese primer día de festival, pero por las referencias que tenemos, Skunk Anansie dieron el conciertazo de la jornada, mientras que unos Slayer algo apáticos pasaron sin pena ni gloria y los dichosos Rammstein (me sigo preguntando qué le ve la gente a estos tipos) triunfaron por todo lo alto delante de un público que estaba allí precisamente por ellos (más de 24.000 almas fueron testigo de su show pirotécnico -mucho ruido y pocas nueces podríamos decir-).

El viernes era nuestra toma de contacto con el festival. Los que ya hayan estado sabrán que acceder al recinto puede convertirse en una pequeña odisea. A pesar de que el servicio de transportes gratuito funciona a la perfección, el hecho de que algunos autobuses no se acercaran más al recinto y que uno de esos fuera precisamente el que tomamos mis acompañantes y yo provocó la primera mueca de desaprobación. Mientras ascendíamos a pie por la carretera de acceso, veíamos como algunos autobuses y taxis sí llegaban hasta arriba. Descoordinación o desorganización, para el caso es lo mismo. Si a esto añadimos otros problemas logísticos y de transporte que no vienen al caso, tenemos como resultado que este que escribe se perdiera gran parte de las actuaciones del día, entre ellas la de Gogol Bordello a los que tenía muchas ganas. Así, nuestra llegada al monte Kobeta coincidía con el set de un Paul Weller aburrido por momentos en el segundo escenario (he de confesar que no me gusta su música y que además le tengo cierta manía; pero para otros fue un buen concierto, así que es justo consignarlo).

A quienes sí quería ver con ganas era a Alice in Chains. No tuve oportunidad de presenciar su gira de regreso, así que mis referencias eran únicamente de segunda mano. Obviaremos el debate sobre la oportunidad y licitud de su vuelta, más que nada por lo aburrido de su reiteración y porque no parece tener mucho sentido a estas altura cuando incluso han publicado un buen disco. Alice in Chains hoy en día merecen estar donde están, considerados como una de las mejores bandas de su generación. Y como tales fueron recibidos por un abundante público (31.000 personas abarrotaban el recinto en esta segunda jornada). Ni por un segundo se me había ocurrido que pudieran abrir su concierto con un tema como «Rain When I Die», a la que sucedieron otro par de temas de «Dirt», su obra magna. En el setlist, más reducido que en sus conciertos en sala por motivos obvios, hay cabida para todos sus discos, aunque el menos representado es el titulado como la propia banda del que únicamente sonó «Again». Tampoco hay sitio para ningún tema de «Sap», aunque sí de «Jar of Flies»: precisamente uno de los momentos de la noche fue un «Rotten Apple» dedicado a Layne Staley que personalmente me puso los pelos de punta y los ojos al borde de la lagrima. El final con un emotivo «Rooster» al que se sumó Mike McCready fue otro de esos momentazos que habría que enmarcar en un concierto impecable al que, si hubiera que poner un pero, sería el que nos quedamos sin escuchar algunos temas imprescindibles como «Down in a Hole».

Tras el concierto para quitarse el sombrero de Alice in Chains era el turno de los cabezas de cartel de la noche «grunge». Vaya por delante que es mucho tiempo ya y que me conozco a los diehard fans de Pearl Jam como si los hubiera parido, así que me trae sin cuidado lo que opinen. Para mí no hay ninguna diferencia entre ellos y los de Bruce Springsteen o U2 por ejemplo. Guardo en mi casa una copia original en vinilo de «Ten» comprada en el año 91, así que a los que al leer esto sientan la tentación de acusarme de no tener ni puta idea les voy a ahorrar la molestia. Nuestros lectores veteranos -si es que hay alguno- probablemente no recordarán que me haya expresado en semejantes términos nunca, pero el concierto funcionarial de Pearl Jam no merece otro calificativo que el de puta mierda. Con un sonido malo de solemnidad, un Eddie Vedder más pesado que en ninguna de las otras ocasiones en las que he visto a la banda (y son ya unas cuantas), hablando hasta por los codos entre tema y tema, un set list poco inspirado y otros detalles como dedicar una canción a las parejas del público (algunos nos preguntábamos si ésto es un concierto de Rock) y subir a un espontáneo a cantar un tema, no se me ocurre otra manera de calificar uno de los conciertos más carentes de ritmo que he presenciado nunca. Obviamente seré de los pocos que opinen así, pero como suele decirse las opiniones son como los culos, y esa es la mía. Lo único salvable del concierto me pareció un Mike McCready que vuelve a ser el motor de la banda junto a un Matt Cameron inmenso. Por cierto, que McCready lucía orgulloso una camiseta de Nudedragons ante la que solo puedo sentir una inmensa envidia. Por lo demás un tostón insufrible que no mejoró ni con la cerveza.

Tras ellos de vuelta al segundo escenario los bostonianos Dropkick Murphys desgranaron su set de aroma irlandés ante una gran indiferencia general. Ellos montaron la fiesta, y aún siendo seguida su actuación por bastante público, la verdad es que la gran mayoría parecía dedicada a otros menesteres. Si es que no son horas…

La jornada del sábado comenzaba para nosotros con Los Campesinos. Nada más llegar al recinto ya se vislumbraba que iba a haber menos público que las dos jornadas anteriores, pero aún así ya había el suficiente para ver a Los Campesinos (en total en esta última jornada se llegó a las 20.000 personas). Los irlandeses ofrecieron un concierto simpático, y aunque divertidos, su propuesta no va mucho más allá. Bien para un festival, pero probablemente nunca iría a verlos a una sala.

Lo que sí que no me parece nada «festivalero» es un concierto como el de Jeff Tweedy. El líder de Wilco se presentaba en solitario, y para los que no consideramos su banda como uno de los pilares de la civilización occidental -como sí parecen hacer sus fans-, pues realmente nos resultaba bastante indiferente. Y eso que creo que Wilco son una de las mejores bandas del mundo para ver en directo, pero Mr. Tweedy y su guitarra aburren. Eso sí, tengo que reconocer que descubrí que Tweedy además de buen compositor es un excelente guitarrista.

De vuelta al primer escenario los suecos The Soundtrack of Our Lives ofrecieron el primer conciertazo del día. Y es curioso, porque en disco me parecen una banda aburrida, pero las dos veces que les he visto en directo han ofrecido sendos conciertazos. Con un Ebbot Lundberg muy salido de madre y con abundante público de su misma nacionalidad, al menos en la zona en la que nos encontrábamos nosotros, triunfaron por todo lo alto. Ebbot Lundberg bajó al foso durante «Sister Surround», corrió de un lado a otro, se dejó el alma animando al público… todo un espectáculo que habría mejorado de haber actuado de noche y con luces.

A continuación de TSOOL era el turno de Feeder en el segundo escenario. Me habría gustado poder ver el concierto más de cerca porque el trío estaba sonando cañón, pero era el momento adecuado para la cena. Como todo el mundo debió de pensar lo mismo, para cuando pude acercarme a su concierto la banda ya estaba acabando. Pude ver su versión del «Territorial Pissings» de Nirvana y poco más. Una verdadera lástima.

A los que sí que pude ver por completo fue a Manic Street Preachers. Nunca he sido fan de la banda, aunque me gustan algunos de sus singles, pero tenía mucha curiosidad por ver su concierto. Y la verdad es que me gustó. Los galeses consiguen un sonidazo increíble en directo, y además interpretaron gran parte de sus hits, como «If You Tolerate This Then Your Children Will Be Next» con el que cerraron de manera impecable su concierto.

Lo siguiente era la segunda venida de Faith No More. Aunque debo reconocer que no son una de esas bandas que tengo muy presentes hoy en día, sí que son uno de los grupos de mi vida, por  lo que esperaba con ansias el concierto. Y no salí nada defraudado. Esta «Second Coming» de Faith No More es como una gran broma. Pero una que tiene gracia y de la que irremediablemente te sientes parte. Porque Faith No More se ríen contigo, no de ti. A pesar de las veces que Mike Patton dijo que estaban viejos, todos sin excepción están en una gran forma. Puede que hayan vuelto por la pasta, pero con semejante exhibición no creo que nadie se sienta estafado. La banda sale al escenario enfundada en carísimos trajes blancos interpretando «Reunited». De ahí en adelante es todo un desquiciante ejercicio por parte de Mike Patton. Él es el protagonista, se dirije al público en su castellano sudamericano, juguetea con él, se lo mete en el bolsillo. Y nosotros, como buenos pichones que somos, caemos en sus redes. Un tío imprevisible, este Patton. Se encara con un miembro del equipo de seguridad en el pasillo central que divide al público, pero acaba cantando con él, para poco después saltar al público pidiéndole que le lleve de vuelta al escenario por encima de sus cabezas haciendo crowd surfing. Una experiencia interesante esa de ver a Mike Patton cantando a unos centímetros por encima de ti. Y es que además no ha perdido nada de voz; yo diría que incluso canta mejor que hace 15 o 20 años. El concierto del festival para mí.

Todavía noqueado y asimilando lo que acababa de presenciar, era el turno de ver a Jet, a los que les tocó la china de cerrar las actuaciones de la edición 2010 después de FNM. Y la verdad es que aunque dsifruté de su concierto, todavía tenía la cabeza en otra parte. Hay gente que los considera un hype, pero a pesar del dichoso anuncio que les lanzó a la fama, siempre he creido que la banda tiene grandes canciones de Rock. Puede que tampoco hayan inventado nada, pero a veces se trata simplemente de pasarlo bien y para eso Jet son perfectos. Un buen broche para un festival que nos dará muchas más alegrías en el futuro.

Eso sí, habrá que mejorar el tema de los urinarios públicos, porque la fosa séptica en la que se convirtieron las zonas en las que estaban ubicados era una trampa mortal. Más de uno bajó a Bilbao rebozado en orín y barro. Pero son detalles que tienen fácil arreglo. El año que viene más.

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