Festival Peace and Love – Borlänge, Suecia (22/27-06-09)

En tan sólo diez años de andadura, Peace and Love se ha consolidado como el mayor festival de Suecia; ahora el de Hultsfred, que en breve cumplirá el cuarto de siglo, se tiene que conformar con la medalla de plata. Las cifras son envidiables: de las novecientas entradas vendidas en 1999 a las más de treintaiséis mil de la presente edición, con un aumento de once mil personas respecto a la anterior.

Con semejante afluencia de público no es de extrañar que la organización apueste por algo fuera de lo común. No nos referimos a las absurdas medidas de seguridad, con cacheos incluidos y prohibición de entrar con objetos de cristal, por más que uses lentillas y necesites un espejito. No, se trata de que los platos fuertes del evento se reparten en los tres últimos días, pero otras tantas jornadas se dedican a calentar los motores a base de debates, humor, y eso sí, algún que otro concierto. El miércoles, la iraní-sueca Laleh cautivó tanto gracias a su voz como a su magnetismo. Con tres discos bajo el brazo, y cierta propensión a acaparar premios Grammy, su saber hacer es tal que se puede permitir ciertas veleidades. Como Zlatan Ibrahimovic o el rapero Timbuktu (que también haría acto de presencia el viernes), Laleh representa los réditos de la Suecia multicultural.

Al día siguiente, Kristofer Åström, de Fireside, mostró su faceta más intimista junto a The Rainaways, que le arropan en lugar de The Hidden Truck. No Fun At All trataron –y hasta cierto punto lograron– reverdecer viejos laureles a golpe de Hardcore melódico; sus visitas peninsulares continúan a día de hoy. También se resisten a ser enterrados unos Warrior Soul cuyo directo, comandado por Kory Clarke, es una demostración de fuerza y poderío. Solamente cabe lamentar que en el recinto en el que actuaron, Cozmoz, apenas se podía respirar. El melenas de Looptroop, Promoe, se sirve ahora de instrumentos reales para escenificar una propuesta en sueco tal vez menos politizada. Los talluditos The Soundtrack of Our Lives siguen rayando a buen nivel, al menos el par de canciones que logramos presenciar. Más interesantes resultan los daneses Volbeat, aunque fuera por la novedad. Su manera de entender el metal, con influencias de Elvis o Johnny Cash, es digna de elogio y parece que el público toma nota. Cerró la velada la institución del punk Joakim Thåstrom, que en el 77 comenzó su carrera con Ebba Grön, unos The Clash nórdicos. Desde entonces mucho ha llovido y cambiado el discurso (ha formado parte de grupos como Imperiet o Peace, Love and Pitbulls), pero lo importante es lo mucho que Thåstrom, cuya presencia escénica es singular, transmite.

El viernes impactó la actuación de Bring Me the Horizon, quinteto inglés que creíamos era más pose que otra cosa. Lo cierto es que ejecutan su Metal-Core como pocos, y que el guaperas Oliver Sykes es un frontman de garantías. Se esfuerzan por no ser políticamente correctos –tal vez por ello animen al público a no ser «nenas» (pussies) –, si bien la parte musical acalla cualquier crítica. En su faceta de orador, el ex Black Flag Henry Rollins enfatizó la importancia de viajar y conocer gente para aprender que los seres humanos somos muy similares. Hubo algo de populismo (alabar a la políglota reina de Suecia para a continuación asegurar que el ex presidente de Estados Unidos no sabía siquiera hablar inglés), pero supo ajustarse a sus 75 minutos sin mirar el reloj, sin notas, sin titubear en una sola frase, y sin salirse de aproximadamente un metro cuadrado sobre el escenario. Además, su rueda de prensa duró ¡dos horas y cuarto! Definitivamente, el viejo Henry tiene un interés genuino por la comunicación. Volviendo al aspecto sónico, los míticos The Stranglers se sobrepusieron al desfavorable horario gracias a un repertorio dinámico y personal. Desde 1974 en la brecha, se dice fácil. Gogol Bordello aportaron el componente lúdico y festivo, pese a que ya no sorprendan como antaño. Los diezmados Cult of Luna (¿o es que tienen formación variable?) brillaron pero no de la misma manera que cuando cuentan con dos baqueteadores y un cantante solista. Turbonegro parecen haber acusado la marcha de Rune Rebellion, pues tampoco son lo mismo sin teclados ni pandero. De todos modos, mientras tengan temas como «Fuck The World» en su haber será imposible no vibrar. Por fin pudimos ver a los australianos The Living End, veterano trío de Punk Rock con elementos Rockabilly. Valió la pena esperar, y es que, se conozca o no el material, la movida actuación en sí ya vale la pena. Prometieron volver en noviembre, ¡los esperamos!

En la jornada de cierre, Blindside cumplieron con su eficacia habitual. Ahora más melódicos que en sus inicios (recuérdese que nos visitaron junto a Plastic Pride), la banda ha alcanzado grandes cotas de popularidad en EEUU, lo cual no les impide darlo todo ante un público no tan numeroso ni volcado. Los también experimentados Tiamat pasaron por Borlänge sin pena ni gloria, mientras que el rapero Immortal Technique, yanki oriundo de Perú, seguro que llamó más la atención, aunque sólo fuese por su temática político-combativa, ya que estilísticamente se ajusta al patrón muthafucka. La actuación de Chris Cornell resultó bastante sólida, si bien sus tonos agudos no llegan a convencer. Poco les importa a Raised Fist, más pendientes de la velocidad y la contundencia que otra cosa. Devastadores en directo, sí cabe reprochar que sus topicazos hardcore son comparables a los de la escena rap. Jenny Wilson fundó First Floor Power, tiene clase y su carrera en solitario es prometedora, como demostró una semana después en el festival de Roskilde.

No obstante, el motivo fundamental para asistir a Peace and Love no era Wilson ni Mötley Crüe, de los que vimos un par de canciones, sino los superlativos Faith No More. Reunidos por primera vez en once años para realizar, en dos partes, una exhaustiva gira europea (España debe de ser la gran olvidada), el quinteto de San Francisco demostró por qué fue uno de los grupos indispensables de los noventa. Pensar que vuelven por el dinero no es descabellado. Que su guitarrista actual no brille mucho también sería una crítica comprensible, pero conviene no pasar por alto que el tipo no falla una nota. Está claro que, con la reputación que les precede, esta vuelta no podía defraudar: ¿quien quiere tocar después de Limp Bizkit y Korn en el Download para hacer el ridículo? Así, Mike Patton y compañía tocaron el cielo en una actuación no exenta de elementos autoparódicos. Tal vez abundaron demasiado en el mediocre «Album of the Year», en detrimento de otros himnos, pero entre esos tres temas se encontraba «Last Cup of Sorrow», el elegido por un ebrio espontáneo para ejercer de corista. ¿La reacción de Patton? No sólo le permite quedarse, sino que le entrega el micrófono para que se luzca en solitario, apuntándole incluso lo que tenía que cantar. «Caffeine» y «Cuckoo for Caca» fueron brutales, «Easy» y «Just a Man» mantienen su punto de delicadeza: ésa es una versatilidad al alcance de muy pocos, que confirma la vigencia del legado de Faith No More. Sólo cabe esperar que, visto el buen humor que derrochan y el éxito de publico, esta reunión sea un punto y seguido a su trayectoria.

 

Fotos: Unai Alonso

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