Entrevistamos a Matt Riddle de No Use for a Name

No use for a Name es uno de esos grupos que lleva en el subconsciente colectivo de toda una generación durante un tiempo que parece eterno. En la escena del Punk Californiano (oxímoron per se, hace demasiado calor en California para ser Punk) desde finales de los ochenta, a pesar de no haber contado con el apoyo mediático de bandas similares, se han hecho un puesto como telón de fondo en la banda sonora de la vida de sus seguidores.

Matt Riddle, bajista de la banda, comparte con nosotros (y vosotros) un taburete en su backstage para darnos el perfil de su propia filosofía acerca del movimiento, la música y su propia percepción de la vida.

– En los viejos tiempos, todo era diferente -comenta-. Recuerdo cuando estaba en la otra banda, Face to Face, no teníamos las mismas ventajas que había ahora a la hora de grabar. No existían todos esos programas que ayudan a la producción con los que puedes cortar y pegar trozos de tu pieza musical: cogías tu instrumento e intentabas tocar toda la canción bien de principio a final. Había más espacio para la experimentación, improvisabas bastante más. Al principio con No Use era lo mismo, pero poco a poco los nuevos sistemas de producción han dejado bastante obsoleta la forma de grabar de antaño.

– Sin embargo, el tiempo pasa a mejor. Las críticas de vuestro último disco, “The Feel Good Record of the Year” no solo consideran que es el mejor disco en cuanto a calidad musical y lírica, sino que lo encuentran especialmente mejorado en la calidad de producción.

– El trabajar con buenos productores es siempre la base para conseguir que el sonido final sea de buena calidad. Es todo y a la vez no es nada. En este último disco trabajamos con las dos caras de la moneda: Bill Stevenson y Jason Livermore. Lo más gracioso de esta combinación es que uno está absolutamente fascinado y obsesionado en el uso de los últimos programas de grabación, sintetizadores, y cualquier cosa tecnológica que le haga la vida de producción más fácil, mientras que el otro está absolutamente centrado en el espíritu de la música, en cómo las cosas se han de hacer como en los viejos tiempos y centrarse más en las emociones del músico que en el cortar y pegar los trozos.

– Los avances informáticos no ayudan solo a la producción, también han abaratado mucho la publicidad.

– Nuestra página oficial es un perfil de Myspace. Nos gusta conectarnos y averiguar qué es lo que nuestros fans opinan sobre lo que estamos haciendo. Incluso, a veces, hemos planeado giras respecto a lo que ellos nos comentan. Nos gusta comunicarnos con la gente, nosotros por un lado nos expresamos con la música, pero nos gusta el feedback, saber qué es lo que ellos tienen que decir sobre lo que estamos componiendo. Nos gusta que la gente sepa que somos accesibles. Al fin y al cabo, todos somos seres humanos.

Aunque el mundo de Internet tiene un lado oscuro para la música. La gente se descarga toneladas de canciones, las escucha durante tres segundos y luego las olvida. Esto les hace no apreciar lo que realmente hay detrás, todo ese trabajo de composición, grabación, todo el esfuerzo. No lo están apreciando. No se trata solo del dinero que se pueda ganar y perder porque no estén comprando discos, porque la mayor parte del tiempo la gente se descarga cosas que ni siquiera escucharía, para empezar. En este sentido se puede decir que soy un poco hipócrita, porque yo también me descargo bastante música, es una buena forma de saber qué es lo que se cuece en ese momento, aunque si un disco que me descargo me gusta de verdad, me lo compro original.

– Llevas en esto prácticamente toda la vida ¿Qué habrías hecho si no hubieras sido músico?

– Seguramente, trabajar con coches, que es mi segunda gran pasión. No solo los coches, soy muy bueno arreglando cosas. Tengo una especie de sexto sentido para saber qué es lo que se ha roto y cómo arreglarlo. Y no sabes lo útil que puede ser eso cuando estás de gira, sobretodo en los tiempos en lo que no había tanta gente montando el escenario y tenías que buscarte más las castañas solito.

– El grupo ya tenía rodaje cuando empezaste a formar parte de él. ¿Recuerdas el primer concierto que hiciste con ellos?

– Cómo olvidarlo. Es una gran anécdota, porque tocamos con No Doubt. Sí, no pegamos ni con cola, pero por aquellos entonces el grunge estaba pisando fuerte en el mundo, y Gwen Stefani aún no había conseguido hacerse un sitio como gran diva. Y, mira ahora, como pueden llegar a cambiar las cosas. Ahora seguro que no puede ni salir a la calle sin que la reconozcan.

– ¿Y a ti te pasa? ¿Te reconocen a menudo?

– A mí no se me quieren llevar a la cama. A veces cuando voy a algunos conciertos sí que me reconocen, pero no me cuesta nada tomarme algo con los que vienen a charlar conmigo, como te digo intento ser muy accesible, aquí todos somos humanos y todos merecemos respeto.

– ¿Ya te da tiempo a salir con esta agenda de conciertos tan apretada?

– Generalmente, no tenemos mucho tiempo ni para saber dónde estamos, pero cuando tenemos un par de días libres entre concierto y concierto, nos encanta salir y conocer la ciudad. Aquí se está muy bien, me encanta Barcelona. Me recuerda bastante a California: tiene mar, montaña y buen clima, cosa que se agradece, porque la semana pasada tocamos en París y estaba nevando. Aquí la gente es muy agradable, lo malo es que como en la mayor parte del mundo la mayoría de clubs están basados en música electrónica. No es que tenga nada en contra de la música electrónica, pero intento no meter un pié ni una oreja donde la estén pinchando. Creo que es una aberración, no tiene nada de música. No tiene el espíritu, es todo maquinal, no hay espacio para la interpretación o la emocionalidad.

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