Opeth + Cynic + The Ocean – Barcelona (Sala Apolo 02-12-08)

Opeth en Barcelona

No es mi estilo comenzar la crónica de un concierto con una queja, pero es que hay cosas que no cambian en esta bendita ciudad. Y es que, con un cartel triple de estas características, no es de recibo que se abran puertas pasadas las 20.30 de la tarde, y que la primera banda pise el escenario a las 21. No sé los motivos de dicho retraso, pero con el sistema de transporte público de que “disfrutamos” en Barcelona, no serían pocos los que se quedaron atrapados, esperando algún bus nocturno, o se tuvieron que rascar el bolsillo para llegar hasta sus casas. Si a eso le añadimos el precio de las entradas, no es de extrañar que la gente seleccione muy mucho los conciertos a los que asiste.

De todas formas, y ya dejando el tema, esta nueva visita de Opeth a nuestros escenarios, se tradujo en una de las mejores entradas que el que suscribe ha visto este año. Una sala llena a reventar (aunque todavía quedaban entradas a la venta), para ver uno de los carteles más interesantes del panorama extremo, que se han visto últimamente por estos lares.

Abrieron fuego los germanos The Ocean, de los que apenas tenía referencias, y puedo decir que me sorprendieron muy agradablemente. Una banda potentísima, un poco en la honda de unos Cult of Luna, aunque por momentos me recordaban a The Gathering del “Almost a Dance” y “Always”, e incluso a gente como Weedeater. En poco más de 35 minutos descargaron cuatro extensos temas, con ritmos lentos (a veces agónicos), voces descarnadas, y cambios de ritmo imposibles; siendo mi favorita la impresionante “For the Great Blue Cold now Reigns”. Una banda muy a tener en cuenta, sin duda.

Casi sin tiempo para recuperarnos de la descarga de The Ocean, aparecieron en escena los legendarios Cynic, auténticos precursores en esto de fusionar sonidos extremos con elementos jazzísticos y progresivos. La banda, procedente de Florida, se ha reunido recientemente, después de trece años de silencio. Comenzaron con un tema del nuevo disco, donde ya pudimos observar la destreza de los cuatro miembros en sus respectivos instrumentos. Poco queda en Cynic de death metal, la verdad; ya que los temas están más poblados de delicados pasajes sin distorsión, con voces “limpias”, -a cargo de uno de los históricos, Paul Masvidal, también guitarrista-, la ocasional voz gutural, y tempos de batería inimaginables para la mayoría de los mortales, ejecutados por el inmenso Sean Reinert. Para mi gusto, el show de Cynic no acabó de despertar hasta el tercer tema, “Celestial Voyage”, de su disco debut, y es que, a pesar de la indudable calidad de su propuesta, había momentos demasiado dispersos, aunque la respuesta del público fue en todo momento bastante entusiasta, con Paul visiblemente complacido, dirigiéndose en todo momento al público en un muy correcto castellano. El show de Cynic tuvo un final abrupto por un inesperado fallo en el sonido (buenísimo, por otra pare, durante toda la noche) Sean realizó un corto solo de batería, mientras se arreglaba el tema, pero no hubo tiempo para más, y Cynic abandonaron las tablas entre aplausos.

Tampoco hubo que esperar mucho para que Opeth aparecieran en escena, pasadas las once de la noche. A estas alturas, poco más podemos añadir sobre los de Estocolmo. Creadores, -o siendo exactos, creador, ya que el alma mater de la banda es Mikael Akerfeldt-, de toda una nueva corriente en la música extrema, aunando el death más corrosivo con desarrollos instrumentales dignos de Pink Floyd, los suecos poseen una de las discografías más sólidas del panorama metálico contemporáneo, y sus directos no se quedan atrás. Que nadie espere fuegos de artificio y poses rockstars; Opeth son la sobriedad personificada. Están sobre el escenario para ejecutar a la perfección los temas, tal y como fueron concebidos en los discos, y no seré quien se queje por ello.

Tras una extensa intro, los miembros de Opeth fueron tomando sus posiciones en escena: Fredrik Akesson, guitarrista, el teclista Per Wiberg, la inhumana sección rítmica formada por el batería Martin Axenrot y el bajista Martin Mendez, acompañando, cómo no, a Akerfeldt. “Heir Apparent” de su soberbio nuevo disco, “Watershed” sirvió como excelente apertura. ¡Cómo tocan estos sujetos, por los Dioses! Los casi nueve minutos de tema se pasaron volando. De hecho, se hace difícil tener en cuenta que en la hora y media larga que estuvieron sobre las tablas sólo tocaron…¡ocho temas!. Siguieron con otras dos suites, “Grand Conjuration”, y la tremenda “Godhead Lament”, de su obra magna, “Still Life”. A continuación cayó mi tema favorito del nuevo disco, “Lotus Eater”, que quedó algo deslucido en directo, al no contar con las dos voces en armonía que pueden oírse en el disco. Más corta y tranquila fue la siguiente elección, “Hope Leaves” de su obra más introspectiva, “Damnation”. “Deliverance” volvió a poner las cosas en su sitio, a lo largo de sus más de trece minutos. Akerfeldt se mostró muy agradable durante todo el show, comentando incluso que había miembros del grupo enfermos todavía de gripe. No quiero ni pensar en lo que podría haber sucedido en la sala, si estuvieran todos al 100%. La parte final del concierto nos llevó a la única concesión a obras anteriores a “Still Life”, de la mano de “Demon of the Fall”, de su tercera y ya lejana entrega “My Armas, Your Hearse”; para acabar por todo lo alto con “The Drapery Falls”, con la finalizó el show.

Podemos decir que Opeth es una de las bandas extremas con un directo más fiable en la actualidad, y sus conciertos poseen las dosis justas de virtuosismo, agresividad, melodía y sobriedad, para no resultar demasiado grandilocuentes, ni tampoco caer en la monotonía que, a veces, acompaña al género metálico. En resumen, y en opinión del que suscribe, uno de los conciertos más notables del año que ya termina.

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