Tom Waits: El último punk vivo

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Siempre que escucho a Waits tengo la sensación de estar en una cantina llena de piratas borrachos tibios a ron donde, en la mesa más apartada un bravucón con cara de malas pulgas y contoneos aprendidos en alguna olvidada isla del Caribe canta, con voz de ginebra y tabaco, canciones sobre amores perdidos, paseos nocturnos entre las tumbas y una América que perdió la fe tras la depresión del 29.

Y es que Tom Waits, a pesar de sus veinte discos de estudio y los casi más de treinta en activo, nunca ha dejado de ser eso: un pirata divertido e irónico que siempre está dispuesto a amenizar una noche de cervezas con alguna historia inventada o exagerada sobre una de sus muchas aventuras. Y precisamente esa costumbre de escritor frustrado de adornar la realidad y su propia leyenda es lo que hace más que difícil poder escribir una biografía cien por cien veraz de la persona. Así que todo lo que se lea aquí tendrá ese punto de anécdota oída en un bar a las 3 de la mañana y a ratos wikipedia mal leída, porque, en casos extraños como los de Waits, la leyenda está por encima de la verdad.

Tom Waits nace en Pomona, California, el 7 de diciembre de 1949.

Y hasta aquí todo dato exacto y cierto de su vida, puesto que desde muy joven comienza a leer a los clásicos de la generación Beat, que le enseñaran a los personajes que más tarde incluiría en sus canciones y monólogos junto al piano.

Burroughs, Kerouak y Ginsberg le marcaran tanto que años más tarde tomaría la decisión de pasar tres años enteros de contínua borrachera conviviendo con la más baja estofa de los cabarés de Los Angeles, donde desarrollará un estilo único que odiarán los puristas del Jazz, pero que tampoco  llegará a oídos de sus compañeros de generación, más interesados en el Rock de Pink Floyd o Allman Brothers, y mas tarde en el Punk.

La época que pasa en estos antros de Los Angeles , todavía muy lejos de ser el centro Sleazy por antonomasia, le enseñarán el estilo y la soltura con que se desenvolverá después en sus primeros discos: esa mezcla de monólogos y canciones de amor a la Chet Baker dedicadas a prostitutas que llenarán “Closing Time”, “The Heart of Saturday Night” , “Small Change” o “Blue Valentines”; mientras que los cuadros de Hooper, con sus figuras solitarias (“Nighthawks at the Dinner” ), la devoción por Dylan y “On The Road”  le darán las letras de sus temas, los mismos que cantará con esa voz robada a su ídolo Louie Armstrong.
De esta época siempre he sentido un cariño especial por “Nighthawks at the Dinner”. Y es que a alguien semi desconocido en la música se le permita tener la idea, digna de Phil Spector, de grabar una serie de temas al piano y acompañado de una banda de Jazz, donde la mitad del disco es un contínuo monólogo en el que, si le apetece canta, y si no recita.
Después de imponerse un duro régimen a base alcohol y cigarros (cuentan que su amiga Bette Midler se lo llego a encontrar tirado en su casa al borde del coma etílico, con tan solo ¡Una caja de herramientas! en la nevera), conoce durante la grabación de la banda sonora de “Corazonada” a Kathleen Breenan, miembro del clan Coppola y con la que empezará una relación que dura hasta ahora, dejando a su actual pareja Ricky Lee Jones, con la que parece vivió un remake muy personal de “Días de vino y Rosas”.
La relación con Breenan hace que se plantee dejar atrás al Beatnick que tocaba el piano en bares de mala muerte para renovarse (o morir), creando el estilo que ha convertido a muchos en seguidores y que le valió varios records y algún número alto en el Billboard.
Decidido, se puso a grabar a finales de la década de los 70, junto con su futura esposa (que no dejará de colaborar nunca con él) “Swordfishtrombone”, un disco demasiado extraño para la época, donde la rumba, el Blues, Screamin’ Jay Hawkins o la Polka sonaban más atrevidos que el primer disco de los Pistols; además se invento la historia de un señor muy malo y muy perverso que le había esclavizado al Jazz de su primera época y gracias al asesinato del mismo se pudo liberar de su tiranía acabando, de paso, el contrato con su antiguo sello; si encima le añadimos una de las mejores portadas de la historia de la música con cabaret, maquillaje y enano incluido… qué más se puede pedir.
Los dos discos siguientes serán, junto con el anterior, para los fans como la “Guerra de las Galaxias” de la música:

“Rain Dogs” será su mejor disco, el más completo y el que reúne más clásicos de Waits por metro cuadrado, pero también el que le permite explorar más en sonidos extraños, ambientes enrarecidos y bichos raros varios; mientras que “Frank’s Wild Years” será el primero que le permitirá empezar una costumbre que le llenará tanto o más que la música: poner la primera piedra para sus posteriores obras teatrales ( “The Black Rider” con William Borroughs, mano a mano, “Alice” o “Blood Money” por ejemplo) con la vista muy fija en Kurt Weil (Waits) y Bertold Bretch (Breenan).

Después de ver que la jugada del cambio le hacía gracia a muchos y que estaba “as  independent as a Hogg on ice”, se reafirmará de ahora en adelante en la rareza con fundamento, llegando a construirse sus propios teclados, grabando las percusiones en plena carretera comarcal cerca de su casa, e incluso obligando a no ensayar los temas antes de las sesiones de grabación, como recuerda Marc Ribott en más de una ocasión.

Desde entonces Waits se convertirá en ese ex alcohólico (como Bukowski lo fue por decisión, no por vicio o desesperación), y empezará a ser el cantante de las cucarachas, el que versionarán The Ramones (“I Don’t Wanna Grow Up”) la voz que se oye en el piso abandonado de al lado, de ese asesinato que ocurre en Atlanta, de ese Dios que decide irse a solucionar sus propios asuntos (“God’s Away on Business”). Es decir, ese Waits que ahora pasea sus mentiras deliciosas por las cadenas de medio mundo, y que vive encerrado en su rancho en la América profunda.

Salvo algunas apariciones estelares por París y la reciente, y sorprendente, gira europea, con más tres citas de más de dos horas en España, poco sabemos ya de este sombrerero loco. Ya solo nos queda la alegría que, después de romper su contrato discográfico con Island los capos de Epitaph y señores de Bad Religion presentaran como su nuevo fichaje al grito de:

“Señores, este es el último punk vivo y ejerciendo”.

Y es que un hombre que cita como influencias musicales básicas al “ejército de salvación, y las horas perdidas escuchando una vieja jukebox, mientras trabajaba en una pizzería italiana, se merece este mérito y muchos más».

Pues eso, buen epitafio ya quisiera tener como este, el de ser recordado como el último punk que se tragó el agujero negro del CERN, aquel que cerca de los sesenta años sacó un disco triple con temas descartados, no solo tan buenos como para ser tres discos, sino como para callar la boca a nuevos y viejos “rockeros”.

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