Automatanza – Steve Aylett

steve   aylett- automatanza Ding, dong, toc, bienvenidos al ala de exposición y patíbulo de la Mansión familiar, con, hoy, un hatajo de árboles muertos cubiertos de tinta y editados por los señores mondadori (sí, lo sé, qué clase de nombre es ése).

Hemos venido, dulce criatura-con-tiempo-que-perder-en-historias-clínicas-ajenas, a hablar de San Steve Aylett, ese Hombre, y sus novelas(henchidas rumbo al Mælstrøm). Podríamos saturarte con datos biográficos contras(te)ables (hoy vienes preciosa) e irrelevantes, pero no lo haremos, en la Mansión el archivo está sin ordenar porque ¡oh sorpresa! confiamos en tu posible criterio (¡já!).  

Reconduzcamos, vinimos (siempre mejor que cedé) a hablar de Slaughtermatic (traducida a este absurdo idioma como Automatanza), y de Bigot Hall, y de The Crime Studio y de tantos otros tomos dignos de anexo común del necronomicón, un manual de psiquiatría japo-lituana, un informe de balística palindrómico, el jardín de las delicias de Ionesco y la lencería de Bonnie Parker si la pobre no hubiera sido taaan pazguata.

 

 

¿por qué este hombre si no le habéis leído? (toda contradictio demostrable será correspondientemente reintegrada en absenta). Podría ser porque quiero algo en común con Alan Moore (eh… no), porque al Aylett de éstas nuestras entretelas la televisión no le volvió la cabeza cuadrada sino un hipercubo (esmaltado de fractal), podría ser por muchos datos reales, ya te digo, pero no, te explicaré por qué.

 

Busca (si sabes) y leerás (si aún sabes) cyber, punk, pulp, futurista, sc(ythe)i-fi y demás, pero no, no en esta captura de pantalla. Aylett pertenece a la Familia porque aprendió a leer antes que a escribir, dibujando en los pies de las muñecas puntas de estilográfica que colocar sobre los vinilos mientras ellas, ya no tan rubias, giraban al compás-traza-esferas. Aylett consigue que la gasolina que brota de sus coches que se vuelven de hojalata en autopistas, sus balas guarnecidas bajo músculos y piel esperando a ser lanzadas tras apretar los dientes, sus huesos de hierro y músculos aleados de sangre y cieno, Todo, huela eso que a veces, sólo a veces, descubres tras el hielo de tu espalda cuando escuchas _______ (sí, lo sabes, no me hagas teclearlo otra vez, ya lo han manoseado suficiente).

No se puede mostrar la imagen   “http://www.rockandrollarmy.com/magazine/noimage.php?/d/76870-1/aylett.jpg” porque contiene errores. Hembras demasiado perfectas, brochazos de estilo demasiado buenos para la cama elástica donde saltan sus dentelladas y debe(ría) circular la historia, besos como silencios de miles davis (sic(k)), velocidad sin estereotipos y estereotipos salvados del marco incomparable de tanto lugar común; muchos defectos, muchos, excesiva similitud con el aura de una de esas migrañas que, créeles, no tiene cualquiera. Pero no importa. Porque aunque a veces, sólo a veces, pise terreno minado por la ineptitud de tantos otros (¿y aún no crees en la eugenesia?), no importa. Es nuevo porque lo vuelve nuevo, porque centellea. Porque la saliva se vuelve herrumbre y la sangre tóxica al leerle, porque uno se retuerce sin sentirlo volviendo el cuerpo inverosímil, porque de pronto el sol quema la cara desde un tosco papel, de pronto la dinamita tiene un sabor familiar, de pronto todo diente es percutor, el suelo empuñadura, el cuerpo culata y no, todo te lo han contado, pero no conoces, aún no conoces, esa sensación.

Es simplemente uno de esos pocos, muy pocos, que Hace cuando teclea. Tú no.

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